Permítanme compartir una reflexión que ha estado resonando en mi corazón, especialmente después de un fin de semana lleno de contrastes. Hemos vivido momentos de profunda tristeza que nos recuerda la fragilidad de la vida. Casi simultáneamente, compartimos la alegría de una boda y esta misma mañana celebramos el nacimiento de un nuevo miembro en el seno de nuestra familia de fe.
Esta secuencia inusual me ha llevado a meditar sobre la vida a la luz del Reino de Dios. Cronológicamente parece invertida, pero espiritualmente sigue el camino de lo incompleto a lo pleno, hacia la perfección que Dios nos ofrece. A pesar de las diversas circunstancias, la vida prevalece en las manos de Dios. Y la llegada de Alejandro hoy es el testimonio más palpable de nuestra esperanza cristiana. Su nombre, Alejandro, que significa “defensor del hombre”, nos recuerda a nuestro gran Defensor.
En medio de todo esto, las palabras del Señor Jesús resuenan con fuerza: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad; yo he vencido al mundo”. La vida de Alejandro es un eco de esa victoria, el poder de la vida en las manos de Dios.
Ahora, quiero enfocarme en un tema que considero vital, fundamental para nuestra vida cristiana: la oración. Hoy he titulado esta reflexión “El poder transformador de la oración” y quiero comenzar con una pregunta personal: ¿dónde se encuentra mi vida de oración? ¿Es una prioridad, una costumbre o algo que queda relegado?.
Como cristianos, nuestra meta es parecernos cada día más a Jesús. Por eso, debemos preguntarnos: ¿qué lugar ocupaba la oración en la vida de Jesús? La respuesta es clara: era primordial, lo más importante. Jesús es el ejemplo y la pauta para nuestra vida de oración. Los evangelios nos muestran que siempre comenzaba su día orando. Incluso detenía su ministerio para dedicarse a la oración. Antes de elegir a sus doce apóstoles, pasó toda la noche orando. Sus discípulos mismos le pidieron: “Señor, enséñanos a orar”. Utilizó parábolas para enfatizar la urgencia y necesidad de orar siempre. Incluso en Getsemaní y en la cruz, su vida era una vida de oración. Jesús no solo predicaba sobre la oración, vivía en oración. La verdadera espiritualidad se mide por nuestra vida de oración.
Considerando el ejemplo de Jesús, quiero centrarme en el pasaje de la transfiguración en Lucas 9:28-36. Jesús tomó a Pedro, Jacobo y Juan y subió al monte a orar. Mientras oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra y su vestido blanco y resplandeciente. Moisés y Elías aparecieron hablando con él.
Este texto nos enseña, en primer lugar, que la oración es una necesidad. Jesús, de entre todos sus discípulos, eligió a estos tres para llevarlos a orar. Algunos sugieren que era por su cercanía, pero creo que también era porque ellos, como todos nosotros, necesitaban profundamente la oración. Jesús no solo enseñaba teóricamente sobre la oración, sino que los llevaba con él para que experimentaran su importancia. Si queremos enseñar a otros el valor de algo, debemos vivirlo nosotros mismos.
Todos necesitamos orar, sin excepción. Cuanto más maduros somos en la fe, más conscientes somos de nuestra dependencia de Dios en oración. La fortaleza espiritual es una consecuencia de nuestra dependencia del Señor. Pedro, Jacobo y Juan, con sus propias debilidades y errores, necesitaban urgentemente la oración. Jesús, con un corazón pastoral, se sentía responsable de su estado espiritual. Debemos sentir cierto grado de responsabilidad por el estado espiritual de nuestros hermanos.
La oración no es solo una responsabilidad personal, sino también comunitaria. Jesús no oró solo por sus discípulos, sino que los llevó con él. Qué importante es que nos tomemos de la mano y nos llevemos a orar unos a otros. Necesitamos personas a nuestro lado que nos estimulen y nos amonesten. Los mentores espirituales son un regalo de Dios. La iglesia primitiva se tomaba muy en serio el orar juntos. No debemos menospreciar las reuniones de oración. Jesús tenía el hábito, la disciplina, la intencionalidad de apartarse para orar. Debemos buscar nuestros “montes de oración”, lugares sin distracciones. La oración es una necesidad para el alma.
En segundo lugar, la oración transforma a la persona que ora. Mientras Jesús oraba, su rostro se transformó. Esta fue una manifestación externa de su gloria divina. Nosotros necesitamos transformación interna, y esta se produce cuando permanecemos en la presencia de Dios en oración. Moisés y Esteban también experimentaron un resplandor en sus rostros después de estar en la presencia de Dios. La transformación que produce la oración puede que no la notemos inmediatamente, pero aquellos que nos rodean sí lo harán. La intimidad con Dios siempre precede a la transformación. Es momento de tomar en serio nuestra vida de oración. La iglesia está llamada a ser casa de oración.

Finalmente, quiero recordarles que el camino de la oración está lleno de obstáculos. En el relato de la transfiguración, los discípulos estaban rendidos de sueño. El cansancio y la desgana son obstáculos comunes en nuestra vida de oración. Jesús no quiere una iglesia dormida. Nuestra vida de oración impacta a aquellos que están espiritualmente dormidos a nuestro alrededor. Aunque estaban dormidos, terminaron “permaneciendo despiertos” ante la gloria de Jesús.
Pedro, una vez despierto, propuso construir tres enramadas, mostrando su disposición a hacer cosas, pero la oración a veces nos resulta difícil. La oración es contraria a nuestra naturaleza carnal y golpea nuestro ego. La verdadera espiritualidad se mide por nuestra vida de oración, no solo por nuestro activismo. Debemos tener comunión con Dios antes de servirle.
También enfrentamos obstáculos externos. El enemigo espiritual tratará de impedir nuestra oración. Pensamientos inoportunos y distracciones llenarán nuestra mente. Debemos esforzarnos por encontrar deleite en la oración. Los creyentes maduros en la Biblia tenían una vida disciplinada de oración. Jesús dijo: “Separados de mí nada podéis hacer”. La oración es la manera de permanecer unidos a él. No busquemos a Dios solo en problemas, sino en cada momento. Orad sin cesar, buscando su dirección en todo. Organicemos nuestro tiempo para tener un encuentro diario con Dios. Ora siempre, especialmente cuando menos te apetezca. Esfuérzate por subir a ese monte de oración para ser renovado y transformado. Nadie ha hecho grandes cosas para Dios sin pasar grandes momentos a solas con él. Recuperemos el altar de la oración en nuestras vidas y en nuestra iglesia. Que nuestra iglesia sea reconocida por ser una iglesia que ora. Amén.
Extraído de la predicación de José Daniel Espinosa.
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