A lo largo de mi vida, incluso desde niño, he podido observar las distintas maneras en que las personas se relacionan con su fe cristiana. Se notaba claramente quienes vivían un seguimiento comprometido y cercano a Jesús, con una pasión evidente y sin vergüenza de hablar de su fe, y quienes, aunque compartían el mismo lenguaje cristiano, mantenían una distancia, un seguimiento más mecánico y ritual. Se distinguía entre aquellos cuya vida dentro y fuera de la iglesia reflejaba ese compromiso y aquellos cuya vida fuera de la iglesia contaba una historia diferente.
Y lo digo con conocimiento de causa, porque yo mismo he estado en ese punto. Hubo momentos en mi vida en los que, aunque me llamaba cristiano y asistía a la iglesia, mi corazón estaba lejos de Jesús. Sabía cómo actuar externamente, pero carecía de una relación íntima con Él. Decía seguirlo, pero a menudo evitaba los sacrificios de la obediencia. Me identificaba como cristiano selectivamente, ocultando mi fe por miedo o vergüenza. Seguía a Jesús, sí, pero de lejos.
Pero Jesús siempre nos llama a un seguimiento cercano y radical: “El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama”. No hay lugar para la tibieza; o somos fríos, o calientes, pero a los tibios, Él los vomitará de su boca. Esta radicalidad de Jesús al llamar a seguirle es porque sabe que no hay otra forma genuina de hacerlo. Seguirlo de lejos inevitablemente conduce a negarlo tarde o temprano. Sin embargo, reconozcamos que este seguimiento a medias, superficial, es más común de lo que pensamos hoy en día. Muchos desean las bendiciones del Evangelio sin que altere significativamente su estilo de vida. Pero Jesús no dejó margen para un seguimiento superficial; no nos permite seguirlo a nuestra manera, poniendo nuestras propias condiciones. No existe un cristianismo a la carta; o estamos con Él, o no lo estamos.
Hoy quiero señalar algunas características de aquellos que siguen al Señor de lejos, porque quizás nos identifiquemos con alguna de ellas. Examinemos nuestras vidas a la luz de Su Palabra. Para ello, abramos nuestras Biblias en Lucas 22. En este pasaje, vemos a Pedro seguir a Jesús tras su arresto, pero Lucas añade un detalle crucial: “Pedro le seguía de lejos”. Esto nos indica que Pedro quería estar lo suficientemente lejos para evitar el precio de ser arrestado y quizás morir con Jesús, pero lo suficientemente cerca para no perderse el espectáculo. ¿No es acaso este el mismo error que muchos cometemos hoy, queriendo seguir a Jesús sin morir a nosotros mismos diariamente, pero lo suficientemente cerca para considerarnos sus seguidores y acallar nuestra conciencia?.
Hay características sutiles, pequeñas zorras, que progresivamente se introducen en nuestra relación con Dios y nos llevan a seguirlo de lejos. La primera es la autosuficiencia. Recordemos la escena de la Última Cena, donde Jesús le advierte a Pedro que Satanás lo ha pedido para zarandearlo. La respuesta de Pedro fue llena de una excesiva confianza en sí mismo: “Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte”. Incluso dijo: “Aunque todos se escandalicen, yo nunca me escandalizaré”. Esta autosuficiencia fue su perdición. En la vida cristiana, nuestro mayor enemigo a menudo somos nosotros mismos. No podemos confiar en nuestras propias fuerzas; separados de la gracia del Señor, nada podemos hacer. Aquel que confía en su propio corazón es un necio. Para saber si somos autosuficientes, solo debemos preguntarnos cuánto dependemos de Dios en nuestro día a día, en nuestras decisiones, conversaciones, proyectos, y en nuestra lucha contra el pecado. Si no lo tenemos en cuenta lo suficiente, esa es una señal de autosuficiencia y un primer paso para seguir a Jesús de lejos.
Otra señal es descuidar la vida de oración. En el mismo capítulo 22 de Lucas, vemos a Jesús en el monte de Getsemaní orando, mientras Pedro, Jacobo y Juan se quedan dormidos. Jesús le dice a Pedro: “¿Simón, duermes? ¿No has podido velar una hora? Velad y orad para que no entréis en tentación”. La falta de disciplina en nuestra vida de oración es un síntoma temprano de que nuestro corazón se está enfriando. Encontramos tiempo para muchas cosas, pero descuidamos la comunión esencial con Dios en oración. Detrás de muchas luchas contra el pecado y conflictos, hay un denominador común: el descuido de la oración. Nuestra pureza, fuerza, piedad y santidad tienen la misma fortaleza que nuestra vida de oración. La oración nos hace depender de Dios, nos fortalece y nos llena de su poder para afrontar las tentaciones. La autosuficiencia lleva a descuidar la oración, creyendo que podemos con nuestros propios recursos, mientras que la oración es el mejor remedio para la autosuficiencia, llevándonos a depender del Espíritu. Todos tenemos margen de mejora en nuestra vida de oración. Jesús dijo: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”.
Una tercera característica es vivir una vida cristiana bajo nuestros propios recursos y fuerzas. En Lucas 22:50, vemos a Pedro sacar una espada e herir al siervo del sumo sacerdote. Aunque parezca valiente, este celo desmedido lo llevó a hacer algo que Jesús no le había pedido. Como no dependía del Señor y había descuidado su oración, confió en su propia espada. Si Jesús hubiera querido, podría haber pedido legiones de ángeles. Nuestras armas no son carnales; la batalla cristiana se libra de rodillas, en el poder de Dios. De lo contrario, terminaremos en frustración y culpabilidad.
Finalmente, aquellos que siguen a Jesús de lejos caen continuamente en el mismo pecado. Seguirlo de lejos nos hace más vulnerables a las tentaciones y a repetir nuestros fracasos. Vemos a Pedro negar a Jesús tres veces. Su caída no fue repentina, sino la consecuencia de una serie de descuidos: autosuficiencia, descuido de la oración y lucha con sus propias fuerzas. Cuando seguimos a Jesús de lejos, es cuestión de tiempo que tropecemos y caigamos repetidamente. Muchos cristianos viven en ciclos de pecado, confesión y caída porque siguen a Jesús desde la distancia. Las caídas constantes son un problema de cercanía a Cristo, no solo de conducta. Para salir de este ciclo, necesitamos acercarnos a Cristo y fortalecer nuestra vida de oración.
En medio de la negación de Pedro, ocurrió algo crucial: “Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro”. Y fue entonces cuando Pedro se acordó de la palabra del Señor y salió fuera, llorando amargamente. A pesar de estar rodeado de sufrimiento, Jesús pensó en su discípulo pecador, buscó su mirada. A pesar de nuestras fallas, Dios no se olvida de nosotros; Él busca nuestra mirada. Nunca nos quebrantaremos por nuestra cuenta, sino cuando recibamos esa mirada de Jesús que nos muestra la profundidad de nuestro pecado pero también la inmensidad de su gracia. El canto del gallo llenó a Pedro de remordimiento, pero la mirada de Jesús lo llenó de quebrantamiento. Pedro vio en sus ojos no solo el dolor de la negación, sino el amor y la esperanza de un maestro que no había terminado con él. El quebrantamiento genuino nace de darnos cuenta de que, a pesar de nuestra caída, seguimos siendo amados. Necesitamos mirar a Jesús para entender que su amor es mayor que nuestro pecado, su gracia más fuerte que nuestra culpa y su poder restaurador más grande que nuestra caída. Dios solo puede usar lo quebrantado.
Qué triste sería si la historia terminara con Pedro llorando amargamente. Pero Dios tenía un final distinto para él, y también lo tiene para nosotros. Podemos quedarnos en el remordimiento, escuchando el canto del gallo que nos recuerda nuestro pecado, o podemos aceptar la gracia restauradora del Señor. Jesús incluso borró toda evidencia contra Pedro al sanar la oreja del siervo del sumo sacerdote. De la misma manera, el Señor ha borrado toda evidencia en nuestra contra si acudimos a Él con fe y arrepentimiento.
La última vez que Jesús se le aparece a Pedro es al amanecer, cuando los gallos cantan. Jesús no quería que ese canto fuera una tortura para Pedro, sino un recordatorio de su gracia. Por eso le pregunta tres veces: “Pedro, ¿me amas?” restaurándolo de sus tres negaciones. Luego le dice: “Sígueme”. Ese canto del gallo ahora se convertiría en un recuerdo de su comisionamiento.
Quizás haya recuerdos grabados en nuestra mente que nos susurran nuestra hipocresía y pecado. Pero el Señor no se ha rendido con nosotros. Él sigue dispuesto a mirarnos y a perfeccionar la obra que comenzó. Queremos sentirnos libres cuando el gallo cante? Vengamos a Cristo hoy con fe y quebrantamiento, entreguemos nuestras cargas y olvidemos nuestro pasado. En Cristo, somos nuevas criaturas; lo viejo pasó. El Señor conocía los fracasos de Pedro y aun así apostó por él. Él conoce nuestros fracasos y también apuesta por nosotros. No fueron los clavos, sino su amor por nosotros lo que lo sostuvo en la cruz. No nos rindamos; Él está con nosotros. Él quiere que recordemos su gracia, que nos aferremos a ella y que por esa gracia dependamos más de Él para evitar esas pequeñas zorras. Solo cuando comprendamos la gracia restauradora de Jesús podremos seguirlo de cerca y descubrir la profundidad de su amor, gracia y poder. Hoy, Él nos llama a seguirlo de cerca. ¿Cómo vamos a responder?.
Señor, te damos gracias por tu Palabra. Gracias por recordarnos que hemos sido llamados a seguirte de cerca, no a nuestra manera. Reconocemos que a menudo permitimos esas pequeñas zorras que dañan nuestra relación contigo. Te pedimos que tu Espíritu nos haga sensibles a nuestras fallas y nos recuerde tu gracia para que, cuando el enemigo nos acuse, recordemos tu infinita misericordia y esa mirada que nos quebranta, mostrándonos lo profundo de tu gracia y perdón. Salva, Señor, a aquellos que aún no te conocen. Amén.
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Extraído de la predicación de José Daniel Espinosa.
(Iglesia Evangélica Cristo Vive 2/02/2025)
