Buenos días, iglesia. Hoy he querido compartir una reflexión que he titulado “La Providencia de Dios en medio de nuestras tormentas”. Y cuando hablo de tormentas, no me refiero solo a fenómenos meteorológicos, sino a esos periodos difíciles, de incertidumbre, de enfermedad, dificultades económicas o conflictos familiares que, sin excepción, todos vamos a enfrentar en la vida. A veces, estas tormentas llegan sin previo aviso y de repente nos encontramos luchando por mantenernos a flote.
Sé, con mucho respeto, que muchos de vosotros estáis atravesando momentos muy duros desde hace meses. Sé que detrás de esa sonrisa a veces escondemos un corazón cansado y herido. Y es natural que en esos momentos de angustia surjan preguntas profundas: ¿Dónde está Dios? ¿Tiene Dios realmente control de esto? ¿Hay algún propósito detrás de todo este caos? ¿Se preocupa Dios realmente por mí?.
Hoy quiero invitaros a reflexionar en el capítulo 27 del libro de Hechos. Un relato en el que el apóstol Pablo se enfrenta a una de las tormentas más aterradoras de la Biblia, pero donde también encuentra respuesta a esas preguntas que nosotros nos hacemos en medio de nuestras propias tormentas.
Para entender este pasaje, debemos recordar que Pablo había sido arrestado por predicar el evangelio en Jerusalén. Luego enfrentó una serie de juicios injustos y, agotado, apeló al César. Este viaje a Roma, como prisionero, es donde se encuentra con una tormenta que amenazaba con destruirlo todo: el barco, las vidas a bordo e incluso la promesa de Dios de que llegaría a Roma.
Pero en medio de ese caos, Pablo demostró una fe inquebrantable en un Dios que nunca pierde el control. Él tenía la certeza de que, aunque todo pareciera fuera de control, Dios seguía siendo soberano, presente, cercano y con un propósito, aunque no lo entendiéramos, cumpliendo su plan incluso en medio de las tormentas.
Por eso, la pregunta hoy no es si vamos a pasar por tormentas, porque lo haremos tarde o temprano. La pregunta es: ¿cómo puedo encontrar paz, esperanza y propósito en medio de esas tormentas? ¿Qué puedo aprender de la fe de Pablo y su confianza en un Dios soberano cuando las olas de la vida parecen demasiado fuertes?. Mi oración es que este relato aumente vuestra confianza en Dios, ahuyente vuestros temores y os ayude a afrontar vuestras tormentas con fe y esperanza.
Vamos a leer Hechos capítulo 27, versículo 1: “Cuando se decidió que debíamos embarcarnos para Italia con destino a Roma, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta”. Aquí vemos a un primer protagonista: el centurión Julio. Los centuriones eran soldados romanos ascendidos por sus habilidades, compromiso, valentía y méritos en batalla. Julio era responsable de llevar a Pablo ante el César.
En el versículo 3 vemos algo sorprendente: al llegar a Sidón, Julio trataba con dignidad a Pablo y le permitió visitar a sus amigos. Esto era inusual para un prisionero. Pablo, aunque él mismo se describía como físicamente débil, se ganaba la confianza de la gente con su integridad. Julio confió tanto en Pablo que no temía que se escapara. Esto nos hace preguntarnos si nuestra integridad genera la misma confianza en quienes nos rodean. Nuestra meta debería ser vivir nuestra fe con tal integridad que nos ganemos la confianza incluso de los incrédulos.
A partir del versículo 4, Lucas comienza a describir un viaje cada vez más difícil: “y los vientos nos eran contrarios”. Navegaron con dificultad y a duras penas llegaron a un lugar llamado Buenos Puertos. Lucas nos anticipa que este viaje a Roma no sería fácil.
En el versículo 9, vemos que se había perdido mucho tiempo y la navegación se volvía peligrosa. Pablo da una sabia advertencia: “Creo que proseguir el viaje va a ser arriesgado y que pueden peligrar no solo el cargamento y la nave, sino también nuestras propias vidas”. Pero no escucharon su consejo. El centurión dio más crédito al piloto y al capitán. Bajo su criterio humano, pensando que una ligera brisa del sur era una buena señal, decidieron continuar. ¡Cuán engañosos pueden ser a veces los vientos de la vida y cuán torpe nuestro criterio humano!. Pablo, con su experiencia en tres naufragios previos, les había aconsejado quedarse en Buenos Puertos. Pero no le hicieron caso y sufrieron las consecuencias de una mala decisión ajena.
Poco después, se levantó un viento huracanado llamado Euroclidón. Los marineros perdieron el control de la nave, que fue arrastrada a la deriva. Las olas eran tan fuertes que la barca se inundaba. Todos comenzaron a temer por sus vidas. En el versículo 20, Lucas escribe que habían perdido toda esperanza de salvarse.
En medio de esta desesperación, Pablo se puso en pie y les dijo: “Ciertamente habría sido conveniente haberme hecho caso y no zarpar de Creta, y así se habría evitado este daño y esta pérdida”. Pero no solo los reprendió, sino que los animó: “A pesar de ello, os aconsejo que tengáis buen ánimo, pues ninguno de vosotros perderá la vida, solo se perderá la nave”. ¡Imaginen la situación! Días sin comer, sin ver el sol, azotados por las olas, y Pablo diciendo: “¡No os preocupéis, saldremos con vida!”. Esto no era solo su deseo, sino una promesa de Dios.
“Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, y me ha dicho: ‘Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante el César; y además, Dios te ha concedido que todos los que navegan contigo salgan ilesos’”. Dios tenía un propósito para la vida de Pablo, y ninguna tormenta podía detenerlo. Esto es igualmente cierto para cada uno de nosotros. A veces llegan vientos huracanados a nuestras vidas, y es difícil escuchar la voz de Dios en medio del temporal. Pero si escuchamos, oiremos: “No temas”. Nuestras vidas están en las manos de Dios, y si Él tiene propósitos para nosotros, se cumplirán.
Gracias al propósito de Dios para Pablo, muchos otros se beneficiarían. Los incrédulos a menudo no son conscientes del bien que les hacen quienes viven su fe con integridad. Por tanto, Pablo dijo: “Pues tened buen ánimo, porque confío en Dios que acontecerá tal como se me ha dicho; sin duda llegaremos a alguna isla”.
Esta historia nos enseña que incluso los errores de los demás están dentro de la Providencia de Dios para nuestra vida. Pablo no quería estar en ese barco, pero se vio obligado. La única seguridad que tenía era la promesa de Dios de que llegaría a Roma. A veces, la voluntad de Dios para nosotros es que pasemos por el ojo del huracán. Son esas incertidumbres las que forjan nuestro carácter, nos ayudan a madurar y nos hacen más semejantes a Jesús. Un hermano de nuestra congregación me decía recientemente cómo su fe se ha fortalecido en medio de una larga enfermedad. Son los vientos huracanados los que nos recuerdan que dependemos totalmente de Dios.
A veces los errores ajenos son el mejor favor que Dios puede hacernos, aunque no lo entendamos ahora. La vida cristiana implica riesgos; la incertidumbre es la norma. Andamos por fe, no por vista. El mundo nos ofrece seguridades, pero la fe nos ofrece incertidumbre, con la promesa de Dios: “No temas, confía en mí”. ¿Debemos entenderlo todo para confiar en Dios? No. En el reino de Dios, primero obedecemos y confiamos, luego entendemos. Como Pedro caminando sobre las aguas o Abraham dejando su tierra sin saber adónde iba, debemos confiar y obedecer sin tener todas las respuestas.
Si hoy estás pasando por una tormenta, recuerda que el Dios que se manifiesta en las tormentas te dice: “No temas, porque yo te amo”. Confía en Él, obedece y tu fe crecerá. Quizás Dios permita que naufragues, pero llegarás a Roma; sus propósitos siempre se cumplen. A menudo, Dios permite que pasemos por el ojo del huracán para que confiemos solo en Él.
Después de dos semanas perdidos, los marineros percibieron que estaban cerca de tierra. Intentaron huir en el esquife, el bote salvavidas. Pero Pablo dijo al centurión y a los soldados que si los marineros huían, ellos tampoco podrían salvarse. Los soldados cortaron las amarras del esquife. A veces, para eliminar la tentación, debemos cortar de raíz las amarras que nos atan a ella.
Al amanecer del decimocuarto día sin comer, Pablo animó a todos a hacerlo. Tomó pan, dio gracias a Dios y comió. Los demás también comieron y se animaron. Al llegar el día, vieron una ensenada con playa y decidieron varar la nave. Pero llegaron a un punto donde dos corrientes se encontraron y la nave encalló, siendo destrozada por las olas. A menudo, cuando parece haber esperanza, surgen nuevas dificultades.
Los soldados decidieron matar a los presos para que no escaparan, pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, se lo impidió. Desde una perspectiva humana, fue Julio quien salvó a Pablo, pero desde una perspectiva más amplia, fue Dios cumpliendo su propósito. Nuestras vidas están en las manos de Dios.
Finalmente, todos llegaron a tierra sanos y salvos. El barco se perdió, pero las vidas se salvaron, tal como Dios lo había prometido. El poder y la Providencia de Dios triunfaron en medio de esa terrible tormenta.
Quizás conoces a algún “Julio” en tu vida, alguien cuyas decisiones te afectan. Pero en la Providencia de Dios, Él puede usar incluso esos errores para cumplir su voluntad en tu vida. Pablo creía que su único propósito era llegar a Roma, pero Dios tenía propósitos mayores: manifestar su gloria a 276 personas.
La iglesia es como ese barco, donde cabemos todos. Hay diferencias, y a veces tomamos decisiones que afectan a otros. Pero nos esperan tempestades e incertidumbres. Seguir a Jesús es ir contra corriente. Pero tenemos la seguridad de que llegaremos a la meta si confiamos en Él en medio de la tormenta. Es fácil confiar en Dios cuando todo va bien, pero nuestro carácter se prueba en medio de las tormentas. Dios permitirá situaciones que nos pillen por sorpresa, y es ahí donde debemos demostrar nuestra confianza en que sus propósitos se cumplirán. Si estás pasando por una tormenta, Dios te dice hoy: “No temas, yo tengo un propósito para tu vida que se va a cumplir”. Confía en el Señor porque Él puede darle propósito a tu tormenta. Y no dudes en buscar la ayuda de tus hermanos. Amén.
Extraído de la predicación de José Daniel Espinosa.
(Iglesia Evangélica Cristo Vive 26/01/2025)
