El crecimiento de las iglesias evangélicas en España, especialmente en contextos urbanos y periféricos, ha traído consigo una diversidad cada vez más visible en la expresión de la fe del pueblo de Dios. El reportaje Poder i glòria, (https://share.google/TSCi1lhMAuRlxKcZz) emitido por TV3 y sobre el que gira esta breve reflexión, muestra a muchas personas que encuentran en estas comunidades un refugio espiritual y social frente a situaciones de vulnerabilidad, soledad o crisis personal. Sin embargo, la difusión en medios de comunicación de este crecimiento también ha generado tensiones internas y externas: diversidad teológica, diferencias litúrgicas y percepciones sociales a menudo críticas o reduccionistas.
Desde una perspectiva cristiana evangélica de corte tradicional, esta realidad no debería entenderse, al menos de entrada, como una interpretación equivocada del evangelio, ni como un motivo de rechazo o amenaza, sino como una oportunidad para redescubrir la riqueza de la iglesia del Señor. La clave está en comprender cómo la diversidad de dones y enfoques puede convivir sin romper la unidad esencial del evangelio.
La diversidad como realidad bíblica
El Nuevo Testamento presenta desde sus inicios una iglesia diversa. Judíos y gentiles, personas con trasfondos culturales, sociales y religiosos muy distintos, fueron integrados en una misma comunidad. El apóstol Pablo no niega esta diversidad; al contrario, la afirma como parte del diseño de Dios.
Para un cristiano evangélico, la autoridad final reside en la Biblia. En ella encontramos un principio esencial: la iglesia es un cuerpo con muchos miembros. No todos tienen la misma función, pero todos son necesarios. Como afirma 1ª Corintios 12:12, “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo”. Esta diversidad no es un defecto, sino una manifestación de la voluntad y la gracia de Dios.
Aplicado a nuestro contexto actual, esto implica reconocer que tanto una iglesia de corte tradicional como una comunidad neopentecostal forman parte del mismo pueblo de Dios, aunque expresen su fe de maneras distintas.
El Espíritu Santo y la pluralidad de dones
Uno de los puntos más sensibles dentro del mundo evangélico contemporáneo es la comprensión y práctica de los dones del Espíritu Santo. El reportaje presenta algunas iglesias neopentecostales con una fuerte dimensión emocional y experiencial, lo que genera incomprensión e incluso rechazo en nuestra sociedad.
Desde una perspectiva históricamente más sobria en lo litúrgico, puede existir cierta cautela hacia manifestaciones más carismáticas. Sin embargo, esa cautela no debería convertirse en recelo o juicio.
La Biblia enseña que el Espíritu reparte dones “como él quiere” (1 Corintios 12:11). Esto implica dos verdades fundamentales:
- Ninguna forma de expresión del evangelio tiene el monopolio del Espíritu.
- Ninguna experiencia espiritual auténtica debe ser motivo de vergüenza.
El desafío está en discernir, no en rechazar. El creyente está llamado a examinar todo a la luz de la Escritura, pero también a reconocer que Dios puede obrar de maneras que no siempre coinciden con su propia tradición.
Unidad en lo esencial, libertad en lo secundario
Una de las grandes contribuciones del pensamiento evangélico clásico es la distinción entre doctrinas esenciales y cuestiones secundarias. Las primeras (la salvación por gracia, la autoridad de la Escritura, la centralidad de Cristo) constituyen el núcleo irrenunciable de la fe. Las segundas (formas de culto, estilos musicales, manifestaciones espirituales) se abren a la diversidad.
En nuestro contexto social, donde las iglesias evangélicas son minoritarias y a menudo incomprendidas, esta distinción es especialmente importante. Creo que marcar una separación por cuestiones secundarias debilita el testimonio común y refuerza estereotipos negativos.
Por otro lado, el reportaje Poder i glòria apunta a cómo algunas iglesias se encuentran vinculadas a tendencias políticas o ideológicas. Esto quizá debería generar en nosotros una reflexión más profunda y también más preocupante: la iglesia no debería confundirse con proyectos de poder. Pero igualmente, no deberíamos generalizar ni juzgar a todo movimiento evangélico por ciertas expresiones que solo pertenecen a una iglesia local.
El peligro de la vergüenza interna
Uno de los riesgos más sutiles en estos casos es la vergüenza interna: el rechazo o distanciamiento hacia otros creyentes por considerar que “dan mala imagen”. Esto se observa con frecuencia cuando los medios muestran expresiones de fe muy distintas a las nuestras. “Ellos no nos representan” suele ser una reacción habitual.
Sin embargo, el evangelio nos llama a algo distinto: a sobrellevar los unos las cargas de los otros (Gálatas 6:2). La diversidad no debe ser motivo de escándalo, sino una oportunidad para el aprendizaje mutuo.
Un cristiano bautista, por ejemplo, puede no compartir todas las prácticas de una iglesia carismática, pero está llamado a reconocer en ella a hermanos y hermanas en Cristo. Del mismo modo, quienes viven la fe de forma más expresiva deben respetar a quienes la viven con mayor sobriedad.
La unidad cristiana no es uniformidad, sino comunión en medio de la diferencia.
El testimonio en la sociedad española
El crecimiento evangélico en España está transformando el paisaje religioso y social, especialmente en barrios obreros y comunidades migrantes. Esto representa una oportunidad histórica: mostrar una fe viva, diversa, relevante y transformadora.
Sin embargo, este testimonio puede verse debilitado si nos percibimos como fragmentados o enfrentados. En una sociedad cada vez más secularizada, el desafío de asumir la diversidad interna sea tan grande como el de luchar frente a la falta de credibilidad externa.
Por eso, la actitud debe ser profundamente evangélica:
- Humildad en lugar de superioridad.
- Escucha en lugar de juicio.
- Cooperación en lugar de competencia.
Hacia una teología de la diversidad reconciliada
Desde una perspectiva evangélica genuina, se puede considerar una “teología de la diversidad reconciliada”, basada en tres pilares:
1. Centralidad de Cristo: Lo que une a los creyentes es más importante que lo que los diferencia.
2. Autoridad de la Escritura: La Biblia es el criterio común para discernir, dialogar y corregir.
3. Obra del Espíritu Santo: El Espíritu no uniformiza, sino que enriquece la iglesia con diversidad de dones.
La perspectiva del pueblo de Dios basada en estos pilares, permitiría mantener convicciones firmes sin caer en sectarismo, y abrirse a la riqueza de la Gracia. Como afirma Efesios 4:3, “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”.
Conclusión
El fenómeno descrito en Poder i glòria refleja una realidad compleja: crecimiento, diversidad, tensiones y oportunidades. Desde una perspectiva cristiana evangélica de corte tradicional, la respuesta no debería ser ni la crítica defensiva ni la aceptación acrítica, sino el discernimiento acompañado de amor.
La iglesia está llamada a vivir una unidad que no elimine la diversidad, sino que la integre. A reconocer que el Espíritu Santo obra más allá de nuestras etiquetas. A rechazar la posibilidad de avergonzarse de aquellos que, aun siendo diferentes, comparten la misma fe en Cristo.
En última instancia, la diversidad no es un problema que resolver, sino un don que aprender a vivir. Y quizás, en ese aprendizaje, la iglesia encuentre una de sus mayores fortalezas para el futuro.
Angel Alfageme Marín.
