¿QUIÉN ENTRARÁ AL REINO DE LOS CIELOS?.

Permítanme compartir con ustedes la esencia del mensaje que sentí en mi corazón transmitir aquella mañana del 9 de febrero de 2025. La pregunta que nos convocaba era fundamental, una que atraviesa el corazón de la fe cristiana: ¿quién entrará al reino de los cielos?.

Desde el inicio de mi ministerio, he sentido un peso por comunicar lo que fue el tema central de la predicación de nuestro Señor Jesús. Como bien saben, incluso desde sus primeras palabras registradas en Marcos 1:15, Jesús proclamaba: “El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio”. Siempre habló del Reino de Dios, utilizando parábolas, enseñanzas y hasta sus milagros eran manifestaciones de ese reino. No hay tema más primordial para Jesús; por algo nos enseñó en Mateo 6:33 a “buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Incluso en la oración que nos legó, el Padre Nuestro, nos instruyó a pedir “venga a nosotros tu reino”.

Entendamos que este Reino tiene una doble dimensión: ya se hizo presente en la persona y obra de Jesús, quien hoy reina espiritualmente en la iglesia. Sin embargo, aún esperamos su manifestación plena y gloriosa, el día en que todo lo dañado por el pecado será restaurado por completo. Anhelamos ese día en que nuestras luchas, vergüenzas, culpas, miedos, inquietudes, sufrimientos, dolores y enfermedades desaparecerán para siempre. Hoy oramos, “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, pero en el Reino venidero, Su voluntad será la realidad definitiva, satisfaciendo plenamente las necesidades de nuestra alma por medio de Jesús.

Recordemos la historia del ladrón crucificado junto a Jesús. En su arrepentimiento, no pidió ser librado del sufrimiento, sino que suplicó: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Él entendió la inmensa valía del Reino de los Cielos. Y es aquí donde radica la pregunta crucial que nos hicimos aquella mañana: ¿quién entrará a ese Reino?.
La respuesta no es mía, es de Jesús mismo. Y sé que sus palabras, como a mí al prepararlas, pueden incomodarnos, pues “estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida”. En Mateo 7:21-23 encontramos el eje de esta reflexión:


“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.
Mateo 7:21-23

Es impactante notar que Jesús no habla de drogadictos o criminales en este pasaje, sino de personas aparentemente religiosas, que lo llaman “Señor, Señor”. Personas involucradas en actividades relacionadas con la fe cristiana, pero que, a pesar de ello, no entrarán al Reino. Muchos descubrirán tardíamente que vivieron engañados, sin haber cruzado la puerta estrecha. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cómo es posible este autoengaño? ¿Cómo podemos asegurar nuestra salvación?.

Para facilitar la comprensión, dividí mi mensaje en dos partes: lo que no garantiza la entrada al Reino y lo que sí lo garantiza.

En primer lugar, es crucial entender que tener un conocimiento adecuado de quién es Jesús no es suficiente. Decir “Señor, Señor” implica reconocerlo como el Kyrios, término que en el Imperio Romano denotaba amo, autoridad divina, incluso se usaba para referirse a Dios en la Septuaginta. Estas personas reconocían intelectualmente que Jesús era el Señor, el Dios Todopoderoso. Pero Jesús les dice: “nunca os conocí”. No se trata solo de una comprensión intelectual de las doctrinas fundamentales. Santiago nos recuerda que “también los demonios creen, y tiemblan”. Si bien es necesario reconocer a Jesús como Señor para entrar al Reino, no todo el que lo confiesa con la boca entrará. Poner nuestra seguridad de salvación únicamente en nuestro conocimiento intelectual es un fundamento débil. Gracias a Dios que nuestra entrada no depende de una comprensión perfecta o inmutable.

En segundo lugar, el fervor emocional y religioso por sí solos no garantizan la entrada. La repetición “Señor, Señor” denota celo, entusiasmo y hasta una aparente intimidad con Jesús. En el mundo hebreo, repetir un nombre así implicaba cercanía, como vemos en los ejemplos de “Abraham, Abraham” o “Marta, Marta”. Estas personas aparentaban ser amigas íntimas de Jesús, fervorosas y espirituales. Sin embargo, Jesús advierte que el entusiasmo no basta. Nuestras emociones son fluctuantes, y la seguridad de nuestra salvación no puede depender de algo tan inestable.

En tercer lugar, las experiencias espirituales y el activismo religioso tampoco son una garantía. Muchos dirán: “¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?”. En el tiempo de Jesús, el don de profecía era común. La Biblia incluso muestra casos de personas impías que profetizaron en nombre del Señor. Realizar obras extraordinarias, tener dones espirituales o servir en la iglesia no son suficientes. Muchos piensan ser aceptados por Dios por lo que hacen en la iglesia, pero Jesús es claro: nada de eso basta.

Entonces, ¿dónde radicaba el error de estas personas? No estaba en su doctrina, ni en su confesión verbal de Jesús como Señor. El problema era que, si bien decían que Cristo era el Señor de sus vidas, a la hora de actuar, de tomar decisiones diarias, no consultaban al Señor, no tomaban en cuenta su voluntad, no tenían una relación genuina con Él. Hacían lo que les parecía conveniente, demostrando que su confesión era vacía, una fe muerta sin compromiso real. Jesús nunca dijo: “confesad que yo soy el Señor”, sino “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame”. Dios no quiere solo palabras, sino obediencia. Si Cristo no reina en tu vida, tu confesión no importa. Jesús mismo lo dijo en Lucas 6:46: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”.

La verdadera evidencia de una fe que salva no es el conocimiento teológico, la religiosidad, el activismo ministerial o las experiencias espirituales, sino una vida rendida a la voluntad de Dios. Un Señor es aquel que hace con lo suyo lo que le place. Si Cristo es tu Señor, Él debe determinar cómo vivimos, qué decisiones tomamos, cómo invertimos nuestro tiempo. No se trata de una obediencia perfecta, pues sabemos que somos pecadores. Pero un verdadero creyente, al decidir entre su deseo y el de Dios revelado en las Escrituras, lucha por someter sus deseos a los de Dios. Cuando pecamos, no justificamos el pecado, sino que justificamos a Dios, reconociendo que Su voluntad siempre es buena. Parte de la vida cristiana es aprender a someter nuestros deseos a la voluntad divina. Si nunca experimentamos esa lucha, quizás debamos examinar la autenticidad de nuestra fe. La fe que garantiza la entrada al Reino es una fe que produce fruto, que obra, que lucha, que no está muerta, sino que se traduce en obediencia a Jesús. Si Jesús es el Señor, yo soy su siervo, y cuando Él habla, yo obedezco. Toda la Biblia está llena de esta verdad. Juan lo dice claramente: “En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos”. La entrada al Reino no depende de nuestro esfuerzo, sino de una fe que obra por el amor que le tenemos a Cristo. Pablo lo resume en Gálatas: “la fe que obra por el amor” es lo que realmente vale. Jesús murió por nuestros pecados para que “los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”. ¿Estamos dispuestos a dejar que Jesucristo mande en cada área de nuestra vida?.

Las palabras de Jesús “nunca os conocí” significan que estas personas nunca disfrutaron de una relación real y espiritual con Él, a pesar de sus apariencias. Tuvieron encuentros con la religión o la iglesia, pero no con Cristo. En el juicio, todas nuestras máscaras caerán. De nada sirve el buen testimonio aparente si Jesús no es el Señor de nuestra vida.

Estas palabras de Jesús, aunque incómodas, están llenas de amor pastoral. Él no quiere que nadie viva engañado, sino que tengamos una relación genuina con Él. Su enseñanza nos confronta para llamarnos a una relación sincera y transformadora. Si Cristo es mi Señor, no puedo vivir según mis propios criterios, sino por Su voluntad. Mi intención aquella mañana era destruir toda falsa esperanza de salvación, pero también fortalecer la seguridad de aquellos cristianos genuinos cuya fe se basa en la obra de Cristo. Nuestra entrada al Reino no depende de nuestra perfección, conocimiento, emociones o activismo, sino de una fe sencilla y sincera en la obra de Cristo. Jesús nos recuerda en Juan 10:27-28: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”. Si tienes una fe sincera en Jesús, eres Su oveja, Él te conoce y te seguirá. Aunque caigas, te levantarás y le seguirás. Nada ni nadie te arrebatará de Su mano.

Si sientes inquietud en tu espíritu al ver que has confiado demasiado en tus propias experiencias sin una verdadera sumisión a Cristo, hoy Jesús te llama a venir a Él de verdad. Su gracia sigue disponible. No te quedes con una fe de apariencia. Hoy puede ser tu día de salvación. Evaluemos con sinceridad nuestra fe y descansemos en la obra terminada de Cristo. Como dijo Pablo, “Poneos a prueba para ver si estáis en la fe; examinaos a vosotros mismos”. Señor Jesús, que tu Espíritu destruya toda falsa confianza y nos guíe a tus pies, donde hay verdadera salvación. Ayúdanos a vivir bajo tu señorío en cada área de nuestras vidas. Amén.

Extraído de la predicación de José Daniel Espinosa.

(Iglesia Evangélica Cristo Vive 9/02/2025)

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