LIBRES PARA HABLAR:UN DERECHO CONSTITUCIONAL, UNA OBLIGACIÓN MORAL

Desde que Tío Willy se estrenó en 1998 —la primera serie española protagonizada por un personaje gay—, la presencia y defensa pública en los medios de comunicación del fenómeno homosexual, primero, y después LGTB, ha crecido tanto hasta el punto en que hoy se conoce y reconoce a quienes defienden la ideología de género como el colectivo “2SLGBTIQ+”. La aparición de las redes sociales también ha sido como una lanzadera divulgativa del discurso sobre la identidad de género. Tal ha sido su éxito que, en la actualidad, el objetivo de este colectivo, que ha superado el reconocimiento de la dignidad de las personas LGTBIQ+, es promover la identidad de género en todos los ámbitos públicos y privados.

El inconveniente no es la existencia de esas voces. El problema surge porque estas voces se han convertido en acciones que han cruzado el límite que debería hacernos detener y reflexionar: la introducción de contenidos ideológicos vinculados a la teoría de género en los centros educativos, dirigidos al alumnado menor de edad, con el respaldo institucional y, en muchos casos, sin solicitar el consentimiento de los padres ni darles la oportunidad de conocer previamente dichos contenidos.

Aquí, a muchos nos surge una pregunta inevitable: ¿es posible disentir?

Hacerlo se ha convertido casi en un tabú. Sin embargo, disentir no es odiar ni excluir. No es posicionarse contra las personas que defienden la ideología de género, sino defender principios que están siendo vulnerados. Es afirmar que los menores no pueden convertirse en objeto de experimentos ideológicos. Es ejercer derechos fundamentales reconocidos por la Constitución Española, especialmente el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones morales y religiosas, y a exigir una administración educativa neutral, no ideologizada.

En España, al igual que en otros países de Occidente, se han creado numerosas leyes (no educativas) que son de obligado cumplimiento en los centros educativos, que facilitan la introducción en el sistema educativo de las ideas transgeneristas entre el alumnado y llegando así a su objetivo: los menores.

Levantar la voz, especialmente para las madres y padres cristianos, no es una opción: es su responsabilidad. Callar ante estas imposiciones no puede ser entendida y aceptada como neutralidad; la indiferencia termina siendo complicidad. Proteger a los menores también implica cuidar del tipo de educación que reciben y los valores sobre los que se construye su identidad.

La ideología de género no sólo es un asunto político o cultural; es moral y espiritual. Desde la perspectiva cristiana, la ideología de género entra en conflicto con valores esenciales como la pureza, la integridad, la fidelidad y la rectitud en el ámbito de la sexualidad. La Biblia afirma que la identidad humana es un don, no un constructo social. Dios no comete “errores de fábrica”: cuando nace una persona no hay error entre su “cuerpo” y su “sexo” (o género, como dicen los activistas trans) pretendiendo que creamos que se puede nacer en un cuerpo equivocado. Dios ha creado a la humanidad de tal manera que cuando nacemos somos una creación muy buena y lo somos en gran manera. Negarlo o vivir en desacuerdo con el sexo recibido contradice la voluntad de Dios, y va en detrimento del bien humano.

El intento de normalizar esta ruptura, sobre todo cuando afecta a menores, no conlleva el alivio prometido por los activistas de la ideología de género. Más bien, introduce confusión allí donde debería haber protección, cuidado y verdad.

Callar no es un posicionamiento neutral para los cristianos. Es momento de hablar, con amor, pero también con verdad y firmeza. Como lo hizo Jesús.

Iglesia Cristo Vive – Daniel Villavicencio