LO QUE APRENDEN LOS MENORES EN SUS CENTROS EDUCATIVOS, ¿ LO SABES?

En la publicación de 23 de Marzo de 2026 ya señalaba que el problema no radica en la existencia de voces que defienden la ideología de género, sino en que esas voces se han transformado en actos concretos que han cruzado un límite que debería hacernos detener y reflexionar: la introducción de contenidos ideológicos vinculados a la teoría de género en los centros educativos, sin solicitar el consentimiento de los padres ni darles la oportunidad de conocer previamente dichos contenidos.


¿Cómo ha sido posible llegar hasta aquí?

Desde el año 2000, las competencias en materia de Educación están transferidas a las Comunidad Autónomas. A ello se suma un dato revelador: en menos de cincuenta años de Democracia se han aprobado ocho leyes educativas distintas, lo que evidencia que en España no existe una auténtica política de Estado que garantice una educación estable y coherente a largo plazo para nuestros hijos.

Este proceso ha ido acompañado de un enorme cambio del clima educativo. Se ha pasado de un respeto extremo -o incluso temor- del alumnado hacia el profesorado, a situaciones de agresión del alumnado contra los docentes. Implicando un clima de desamparo y pérdida de autoridad, en el que muchos profesores se ven intimidados por sus propios alumnos, conscientes de que no actuar conforme a determinadas directrices puede suponer consecuencias negativas.

La cesión de las competencias educativas a las Comunidades Autónomas ha facilitado la introducción de filosofías relativistas en la enseñanza, como la llamada “coeducación” promovida por los activistas del género. Esta corriente ha sido respaldada por gobiernos y parlamentos estatales y autonómicos mediante la aprobación de las actuales 20 leyes LGBTI y trans vigentes en España.

Aunque estas normas no son leyes educativas, se aplican en los centros de enseñanza como si lo
fueran, permitiendo la entrada de contenidos ideológicos a través de las actividades extracurriculares fabricadas para los menores.

Para impartir estas sesiones se invita a asociaciones transactivistas, consideradas “expertas en la materia”, que son las encargadas de ofrecer los famosos talleres afectivo-sexuales. No obstante, lo que en realidad se imparte no es educación sexual, sino ideología de género.

Estos supuestos “expertos”, por lo general, carecen de formación reglada en las materias que
exponen. En sus charlas abordan cuestiones relacionadas con la medicina, el derecho, la docencia o la psicología ante una audiencia menor de edad. Personas que no son médicos, abogados, docentes ni psicólogos explican a niños y adolescentes cómo “descubrir quiénes son realmente”, afirmando que existen “niños con vulva” y “niñas con pene”. Se les persuaden de que toda persona nace neutra y de que, por tanto, es imprescindible recibir ese tipo de formación para disponer de herramientas que les permitan descubrir su “género”, no su sexo.

Esta formación no se dirige únicamente al alumnado. También se imparte a madres, padres, y
profesorado. A los padres se les advierte de que deben ser cautelosos con sus hijos, porque quizá no sean quienes ellos creen que son. Se les insta a “abrir la mente” y aceptar que su hijo hija podría ser “niño con vulva” o una “niña con pene”, negando que los órganos sexuales determinen si una persona es hombre o mujer. No aceptar que un menor se autoperciba como trans es presentado como un acto de maldad. Incluso se les amedrenta afirmando que la falta de aceptación provoca sufrimiento en sus hijos y que este rechazo podría llevarlos, en casos extremos, al suicidio. Antes este escenario, muchos padres se ven empujados a aceptar estos consejos por miedo a perder a sus hijos.

En cuanto al profesorado, los activistas del género, amparados en las leyes LGTBI y trans y en los protocolos educativos, advierten de que, en el momento en que un docente detecte supuestos “indicios trans” -sin especificar claramente cuáles son-, debe activar el protocolo correspondiente. De no hacerlo, se le informa de que podría ser sancionado. Dicho protocolo puede iniciarse sin conocimiento ni consentimiento de los padres y consiste, en la práctica, en derivar al menor a los “expertos”, es decir, a las asociaciones transactivistas.

Estos talleres afectivo-sexuales chocan frontalmente con la forma de creer y pensar de la mayoría de los padres y con su fe o moral. Para los cristianos, la enseñanza bíblica es clara: existen dos sexos (Gn. 1:26-27, 2:21-24, Mt. 19:4, Mr. 10:6). No hay más sexos que mujer (XX) y hombre (XY). Esta realidad es objetivamente constatable en el ADN presente en cada una de las células del ser humano, con independencia de cómo alguien se sienta. Insistir en que ese ADN es irrelevante o modificable en función de los sentimientos revela un posicionamiento de rebeldía contra el propio cuerpo y, en última instancia, contra Dios.

Ahora bien, el cristianismo cree en la posibilidad del transformación espiritual por la gracia y el poder de Dios en cualquier persona, incluidas las personas LGBTIQ+: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis […] ni los afeminados, ni los que se echan con varones […] heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Co. 6:9-11).

Si los cristianos estamos dispuestos a buscar y transmitir el amor sanador y redentor de Cristo, la sanidad será grande y gloriosa para todas las personas, incluidas las personas LGTBIQ+. Sin embargo, ese amor es lo que muchas veces no hemos sabido mostrar, tratando a estas personas como si fueran los “leprosos” modernos. Existe, por tanto, una doble necesidad de arrepentimiento: que las personas LGTBIQ+ renuncien a sus prácticas contrarias al evangelio y que los cristianos “cisheterosexuales” renunciemos a cualquier forma de rechazo o LGTBIQ+fobia.

Iglesia Cristo Vive – Daniel Villavicencio