Hoy me gustaría continuar con un tema que hemos estado tocando en las últimas semanas: el sufrimiento. Sé que muchos en esta congregación están pasando por momentos difíciles, y espero que esta Palabra pueda traer también consuelo a vuestros corazones. Es un tema que me inspira mucho respeto, porque hay muchos hermanos que están sufriendo, y porque es muy fácil estar aquí y hablar, pero otra cosa es vivir el sufrimiento.
Hay algunos creyentes que van por la vida con la idea de que Dios va a resolver todos sus problemas, llenando su vida de bienestar y abundancia. Incluso se ha llegado a decir que el hijo de Dios que sufre es porque no ha entrado plenamente en su herencia espiritual. Pero esta idea, queridos hermanos, es completamente ajena a la verdad de las Escrituras. La Palabra de Dios nos promete plenitud de prosperidad en el día postrero, pero el camino hasta ese día glorioso está sembrado de tribulaciones. El mismo Jesús lo dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”.
El apóstol Pablo, alguien que sabía bastante de sufrimiento por experiencia propia, nos dejó un testimonio valioso. En 2 Corintios 12:7, nos dice: “me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera”. Y a pesar de rogar tres veces al Señor que se lo quitara, la respuesta fue: “Bástate mi gracia”. Vemos aquí que, a veces, el Señor permite la prueba para que aprendamos a vivir en base a su gracia en medio de las dificultades.
Hay tantas situaciones que parecen no tener ningún sentido ni propósito. A veces nuestra fe nos lleva a descansar en el Señor para sanidad, y otras veces esa misma fe nos lleva a descansar en la gracia de Dios en medio del sufrimiento. Incluso el sufrimiento psíquico, la depresión, los momentos oscuros, el sufrimiento emocional, pueden ser más dolorosos que el físico. Recordemos el ejemplo del profeta Elías.
Así que, tras esta larga introducción, quiero que tengamos clara esta premisa: la vida cristiana participa de muchas tribulaciones. Y todo el Nuevo Testamento nos insta a perseverar en medio del sufrimiento. De eso quiero hablar hoy brevemente: de la perseverancia del creyente. La perseverancia en la Biblia no es mera resignación, no es un suspiro de aceptación de lo inevitable. Se trata más bien de agarrarnos firmemente de la mano de Dios ante cualquier tormenta que la vida nos presente. Se trata de enfrentar nuestra realidad con fe y esperanza, sabiendo que nuestro Señor, nuestro Dios soberano, tiene el control de nuestra vida.
Quiero hacer un llamamiento a cobrar ánimo y a perseverar en medio de las dificultades, sean las que sean, a través de tres razones bíblicas.
La primera razón de nuestra perseverancia no es ni más ni menos que el amor inconmensurable y permanente de Dios. En Romanos 5:1, Pablo nos dice: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Nuestra esperanza es confiable porque se basa en el amor de Dios, un amor demostrado en la cruz. Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Dios mostró su amor hacia nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.
La segunda razón por la que podemos perseverar es que Dios tiene un propósito para cada situación que enfrentemos. En Romanos 8:28, leemos: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Incluso en medio del desconcierto y la oscuridad, nuestra vida está en las manos de Dios. Todas las cosas, no solo las buenas, sino también el dolor y las pruebas, tienen un propósito perfecto en el plan de Dios. Dios puede tomar incluso esas experiencias devastadoras y transformarlas en algo que nos acerque más a Él.
La tercera y última razón por la que debemos perseverar es porque solo en Dios encontramos la fuerza y la esperanza que necesitamos para poder resistir. Isaías 40:29-31 nos dice: “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”. Aférrate al Señor, espera en Él, sé perseverante, porque aquellos que esperan en el Señor tendrán fuerzas renovadas.
En resumen, perseveramos por el inagotable amor de Dios, por su propósito perfecto para nuestras vidas y por su poder para renovar nuestras fuerzas. Este amor nos impulsa a avanzar y nos lleva a mostrar a un mundo sin esperanza que, incluso en nuestros momentos más oscuros, la gracia de Dios es suficiente.
Para terminar, quiero hacer un llamado a cada uno de vosotros, especialmente a los que estáis sufriendo. Os animo a levantar la mirada y poder ver más allá de nuestras circunstancias actuales, a perseverar con una esperanza renovada. Lo hago con las palabras de Pablo en Filipenses 1:3-6: “Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros, por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora; estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. Así que a ti, que estás cansado, que te sientes solo, abatido, que enfrentas pruebas insoportables, te animo a que te pongas en las manos del Señor y que no tengas miedo, porque Dios no te ha abandonado. Dios todavía no ha terminado contigo. Persevera, levanta tu rostro, respira profundo, confía en el Señor.
Extraído de la predicación de Alberto Moral.
(Iglesia Evangélica Cristo Vive 23/02/2025)
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