El problema que todos compartimos

Romanos 1:18 – 3:20

Después de decir que el evangelio es poder de Dios para salvación, Pablo no pasa inmediatamente a explicarlo. Antes de hablar de la solución, se detiene en algo que no siempre queremos mirar de frente: nuestra condición.


No lo hace para condenar sin sentido, sino porque sin entender el problema, el evangelio pierde peso. Y lo que presenta aquí no es una crítica superficial al mundo, sino una descripción honesta de lo que hay en el corazón humano.


“La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres…”
Romanos 1:18


La idea de la “ira de Dios” puede incomodar, pero Pablo no habla de un enojo impulsivo, sino de una respuesta justa ante aquello que rompe lo que Dios creó. No es un Dios que pierde el control, sino un Dios que no es indiferente al mal.


Y el problema, según Pablo, no es solo lo que hacemos, sino algo más profundo: una tendencia a vivir al margen de Dios, incluso cuando, de alguna manera, sabemos que Él está ahí.


Por eso afirma que los hombres “detienen con injusticia la verdad”. No es solo falta de conocimiento, es resistencia. Hay algo en nosotros que percibe, que intuye, que reconoce… y aun así decide seguir otro camino.


Esa decisión no siempre es evidente o radical. Muchas veces es sutil. Se expresa en una vida que simplemente gira en torno a uno mismo. Poco a poco, sin darnos cuenta, empezamos a llenar el lugar de Dios con otras cosas: logros, relaciones, identidad, control.


No son malas en sí mismas, pero terminan ocupando un lugar que no les corresponde. Pablo describe esto como un intercambio. Cambiamos lo eterno por lo inmediato, la verdad por lo que queremos creer. Y ese cambio tiene consecuencias. No siempre visibles al principio, pero reales. Porque cuando nos desconectamos de la fuente, todo lo demás empieza a desordenarse.


En ese contexto, aparece una frase que se repite varias veces: “Dios los entregó”. No como un abandono impulsivo, sino como una consecuencia. Es permitir que el ser humano siga el camino que ha elegido. Y eso revela algo importante: el pecado no solo es una decisión, también termina siendo una forma de esclavitud.


Hasta aquí, sería fácil pensar en “otros”. En personas que claramente están lejos de Dios. Pero Pablo no permite esa distancia cómoda. En el capítulo 2 gira completamente el enfoque:

“eres inexcusable… tú que juzgas”
Romanos 2:1


Ahora ya no habla del mundo en general, sino de quien observa y evalúa. De quien, de alguna manera, se siente en una posición distinta. Y aquí incluye tanto al moralista como al religioso. A quienes conocen lo correcto, a quienes intentan vivir bien, a quienes tienen cierta cercanía con lo espiritual.


El punto es claro: el problema no es solo lo que hacemos mal, sino que incluso lo que hacemos “bien” no nace siempre de un corazón alineado con Dios. Podemos conocer, opinar, incluso enseñar… y aun así seguir lejos internamente.


Por eso Pablo insiste en que no basta con saber lo correcto. La ley, dice, no justifica; más bien revela. Funciona como un espejo. No arregla nada, pero muestra la realidad. Y esa realidad, por incómoda que sea, es la misma para todos.

“No hay justo, ni aun uno”
Romanos 3:10


No es una exageración, es una conclusión. No todos actuamos igual, pero todos compartimos la misma raíz. Más adelante lo resume de forma aún más directa:

“por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”
Romanos 3:23


El pecado, en esencia, es no alcanzar aquello para lo que fuimos creados. Y eso incluye tanto al que vive lejos de Dios como al que intenta acercarse por sus propios medios. Aquí es donde muchas de nuestras ideas se rompen. Porque tendemos a pensar que podemos compensar, mejorar, equilibrar. Pero Pablo cierra esta sección con una afirmación clara:

“por las obras de la ley ningún ser humano será justificado…”
Romanos 3:20


Es decir, no podemos construir por nosotros mismos una relación correcta con Dios.


Para Pensar


Puede que este no sea un mensaje cómodo, pero sí es un mensaje necesario. Nos quita la comparación con otros, nos quita la seguridad superficial, y nos deja en un punto donde ya no hay excusas, pero tampoco hay máscaras.


Y quizás ahí, justo ahí, es donde empieza algo nuevo.


Porque la pregunta ya no es quién está mejor o peor, sino algo más personal:
¿reconozco en mí esa distancia, esa tensión, esa incapacidad de vivir como debería?


Si la respuesta es sí, aunque sea en parte, entonces este texto no es el final de nada. Es el inicio de algo más. Porque Pablo no se queda aquí. Todo lo que ha dicho está preparando el terreno para una noticia que solo tiene sentido cuando uno ha entendido esto.


Y esa noticia es que, aunque no podamos justificarnos a nosotros mismos…
Dios ha hecho algo al respecto.


¿quieres saber más? Escribenos y te mostraremos lo que Dios ya ha hecho por cada uno de nosotros.


Osner Rodriguez