El valor incalculable del silencio

Soy el recuerdo vivo de la experiencia, no solo de la teoría. He visto multitudes estremecerse, he desafiado reyes y he contemplado el fuego descender del cielo. Sin embargo, hoy, para quienes buscan un respiro en medio de la agitación, la reflexión que deseo compartir con vosotros tiene un título sencillo, pero vital: El Valor del Silencio. Porque, os lo digo con convicción: el silencio sigue siendo uno de los espacios más olvidados.

Vivís sumergidos en lo que bien se llama una cultura del ruido. Un estruendo constante os envuelve a diario mientras trabajáis, conducís, estáis en casa o incluso cuando os reunís como iglesia. Ese ruido se filtra con sutileza, ejerciendo una influencia peligrosa. Habéis llegado a darle tanta importancia a la agitación visible que, si no percibís un temblor o no veis caer “fuego del cielo” ante vuestros ojos, os inquietáis. Os sentís vacíos y hasta menos espirituales. Pensáis que lo verdadero y sagrado de Dios solo se manifiesta con palabras estruendosas, sensaciones fuertes y señales visibles. Y, en medio de ese frenesí, habéis olvidado lo que significa realmente permanecer en silencio; habéis perdido la capacidad de callar para escuchar… Y con la pérdida del silencio, habéis dejado de oír la voz apacible de Dios.


No me malinterpretéis, Dios puede manifestarse en el estruendo. Yo mismo fui testigo de ello. Pero aprendí que Dios no necesita imponerse con ruido para ser Dios, porque a veces Él habita en el susurro que el ruido ahoga.


Con esto en mente, permitidme transportaros a un encuentro silencioso que marcó mi vida y mi fe… El momento en que yo, Elías, me encontré con el Señor en el silencio. Ocurrió después de una gran victoria, cuando todo parecía resuelto y, sin embargo, la historia tomó un rumbo inesperado. Mi misión principal, en el siglo IX a.C., fue confrontar la idolatría del Reino del Norte de Israel, bajo el mandato del rey Acab y su esposa Jezabel, quien se empeñó en erradicar la fe en el Dios de Israel. El punto culminante de esta confrontación se narra en el primer libro de los Reyes, capítulo 18, cuando Acab reunió a todo el pueblo de Israel y a 450 profetas de Baal y Astarté en el Monte Carmelo. Entonces me acerqué y les lancé un desafío: “¿Por cuánto tiempo vais a estar cambiando de Dios? Tenéis que decidiros por el Dios de Israel o por Baal, y si Baal es el verdadero Dios, seguidle a él”.


Yo era el único profeta del Señor que quedaba con vida; estaba solo frente a los 450 profetas de Baal. Y, aun así, establecí un duelo y les propuse: “Hagamos un sacrificio, y el Dios que responda con fuego será Dios verdadero”. Desde la mañana hasta el mediodía, los profetas de Baal gritaron y saltaron alrededor del altar, pero no hubo respuesta. Entonces me burlé de ellos y les dije: “¡Gritad más fuerte! A lo mejor vuestro Dios está pensando, o salió de viaje; ¡quizá fue al baño! Tal vez está dormido y tenéis que despertarlo”.


Cuando llegó mi turno, reconstruí el altar del Señor con 12 piedras, una por cada tribu de Israel, e hice una zanja profunda alrededor. Pedí a la gente que mojara el sacrificio y la leña con cuatro jarrones de agua, y que lo hicieran una segunda y una tercera vez, hasta que el agua llenó la zanja. Fue una muestra de verdadera confianza, con un toque de descaro. Quería que todos supieran que, cuando Dios actúa, lo hace a lo grande.

Entonces me acerqué y oré: “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, haz que todos sepan que tú eres el Dios de Israel y que yo soy tu servidor… Contéstame, mi Señor, contéstame, para que este pueblo sepa que tú eres Dios”. En ese instante, el fuego del Señor descendió del cielo y consumió por completo el toro, la leña, las piedras, el polvo y hasta el agua de la zanja. Fue una escena tan poderosa que todo el pueblo cayó rostro en tierra y exclamó: “¡El Dios de Israel es el Dios verdadero!”.


Escuchar aquella exclamación fue la confirmación pública de mi nombre y de mi misión pues Elías, significa precisamente eso: “El Señor es Dios”. Estaba en la cima espiritual, viviendo un momento épico. Pero tras la adrenalina llegó el bajón. El rey Acab contó a Jezabel lo sucedido, y ella me envió una amenaza de muerte directa: “Te voy a matar como tú lo hiciste con los profetas de Baal. Si mañana a esta hora no estás muerto, que los dioses me maten a mí”.
Al recibir aquella amenaza, me asusté tanto que huí. Caminé un día entero por el desierto, tan triste y abatido que, cuando encontré un arbusto bajo el cual refugiarme, quise morir. Le dije al Señor: “Dios, ya no aguanto más, quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados”.
¿Cómo es posible que, después de haber visto descender fuego del cielo, cayera tan rápido en la desesperación? Sin embargo, el relato bíblico me muestra no solo como un profeta apasionado, sino también como un ser humano vulnerable y agotado por dentro. La Escritura no oculta mi fragilidad, para enseñaros que incluso como hijos de Dios, el cansancio emocional puede quebrarnos.


Y aquí entra en juego otro tipo de ruido: el ruido interior. Ese torbellino de sentimientos desbordados y preocupaciones que nos persiguen como sombra. Porque aclaro, yo no perdí mi fe; sino que pasé de la euforia a la desesperación, exhausto tras la batalla. Creí que aquel milagro épico lo cambiaría todo, que el pueblo se arrepentiría y los ídolos se romperían. Pero nada de eso pasó. Todo siguió igual… Y esa desilusión — ver que los frutos esperados no llegaban — fue lo que más me dolió. Porque a menudo no es el enemigo externo quien nos paraliza, sino nuestras propias tormentas internas. Esa impotencia, ese ruido interior, genera un miedo que se transforma en desesperación y una angustia que nos agota. Os han hecho creer que tener fe es estar siempre fuertes y animados, pero la verdadera fe no niega nuestras emociones, sino que las atraviesa y nos sostiene.


Por eso, en medio de mi aflicción, me aparté de todo para concentrarme en silencio con el Señor. Caminé 40 días y 40 noches hasta el Monte Horeb, el Monte de Dios. Allí encontré una cueva y me refugié… Es curioso, el hombre impetuoso del Carmelo estaba ahora calmado y escondido, eso sí, esperando con fe y en silencio… Entonces Dios me preguntó: “¿Qué estás haciendo acá, Elías?”. Le contesté con honestidad: “Me he preocupado mucho por obedecerte… pero solo yo he quedado, y ahora me buscan para matarme”.


Dios me ordenó salir. Entonces sopló un viento fuerte que estremeció la montaña, pero Dios no estaba en el viento. Luego, vino un terremoto, pero Dios no estaba en el terremoto. Después del terremoto hubo un fuego, pero Dios tampoco estaba en el fuego. Y después del fuego… se oyó el sonido delicado del silencio: una suave brisa, un silbido apacible. Al escucharlo, reconocí a Dios… Aquella voz suave del Señor llegó para sanarme, ordenar mi corazón y mi vida. Fue entonces cuando comprendí que no debía confundir silencio con abandono, porque muchas veces no es Su ausencia lo que sentimos, sino que la saturación de ruido nos impide percibirlo.


El Señor os invita a encontraros con Él en lo íntimo, a buscar el silencio. Jesús mismo lo enseñó: “Pero tú, cuando ores, apártate a solas, cierra la puerta detrás de ti y ora a tu Padre en privado, en lo escondido, en lo secreto. Entonces tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mateo 6:6).
Tened cuidado, porque, aunque no adoréis a Baal, quizá hayáis convertido al ruido en un ídolo, creyendo que el bullicio es sinónimo de productividad, verdad y espiritualidad, mientras pensáis que el silencio no produce nada. Vuestra oración no necesita ser escandalosa para ser poderosa, que vuestra adoración no necesita retumbar para ser genuina y que vuestra fe no necesita mostrarse estruendosa para ser verdadera.


Es necesario que recuperéis el valor del silencio para percibir la voz apacible de Dios. Porque, aunque os parezca contradictorio, Su voz más poderosa es la más silenciosa.

Eduardo “Tato” Ramirez