Vivimos en un momento fascinante y, a la vez, profundamente confuso. A menudo se nos dijo que, tras la Revolución Industrial y el nacimiento de la ciencia moderna, la religión estaba acabada y que la espiritualidad no tendría lugar en un mundo dominado por la mente racional. Sin embargo, de forma sorprendente, hemos visto cómo la espiritualidad resurge en Occidente con una fuerza inusitada, un fenómeno que comenzó a gestarse ya en la segunda mitad del siglo XIX, en pleno desarrollo científico y tecnológico.
Hoy quiero invitaros a reflexionar sobre esta «nueva espiritualidad» que nos rodea, comparándola con la fe que profesamos, y sobre la necesidad urgente de ejercer un discernimiento bíblico en medio de tanta ambigüedad.
Un vistazo a las raíces del resurgimiento espiritual
Para entender dónde estamos, debemos mirar hacia atrás. Aquel resurgir del siglo XIX se organizó de forma clara con la fundación de la Sociedad Teosófica, una extraña mezcla de conceptos orientales como la reencarnación y la tradición esotérica y ocultista de Occidente. Fue en esa época cuando, por primera vez, los libros sagrados del hinduismo y el budismo fueron traducidos al inglés, despertando un interés académico y popular por Oriente que antes no existía.
Simultáneamente, revivió una tradición ocultista occidental que pretendía tener raíces ancestrales, aunque en gran medida fuera una reconstrucción del siglo XIX. Este ocultismo se basaba en una visión mágica de la vida, entendiendo la realidad como un flujo de energía neutra que uno puede manipular para bien (magia blanca) o para mal (magia negra) mediante el conocimiento de ciertas técnicas. Junto a esto, renacieron la astrología y el espiritismo. Este último cobró una fuerza extraordinaria tras la Primera Guerra Mundial, cuando una generación masacrada buscaba desesperadamente retomar el contacto con los seres queridos que habían perdido.
Desde el espiritismo francés de Alan Kardec, que intentaba hacerlo coherente con el catolicismo, hasta la contracultura de los años 60 con sus gurús y festivales de rock, esta corriente ha desembocado en lo que en los años 80 empezamos a llamar «Nueva Era» (New Age).
Las características de la espiritualidad actual
Lo primero que debemos comprender es que esta espiritualidad contemporánea es profundamente ecléctica e individualista. A diferencia de las religiones tradicionales o incluso de las sectas clásicas, el buscador espiritual de hoy no suele ser un «sectario» de por vida; va de una escuela a otra, de un maestro a otro, tomando lo que le conviene en su propio peregrinaje personal. Está marcada por el individualismo occidental: uno puede llamarse «budista» simplemente porque hace meditación por la mañana, sin seguir la disciplina, la visión de la vida o la conducta monástica que el verdadero budismo implica.
Estamos ante una esfera de ambigüedad que hace muy difícil describir nuestra época. Lo vemos en fenómenos culturales recientes, como el éxito de la película Libres (sobre la vida contemplativa) o el disco de Rosalía, donde se mezclan referencias esotéricas con el catolicismo tradicional y declaraciones provocadoras sobre la necesidad de recobrar el nombre de Dios. Incluso vemos a influencers hablando de experiencias de conversión espiritual todavía no definidas que llaman la atención de una sociedad que consideraba estos temas ya superados.
El peligro de los términos sin contenido: Dios y la Fe
Como cristianos, ante este panorama, nuestra primera tarea es definir las palabras. Cuando hablamos de Dios, ¿de qué estamos hablando realmente?. Para nosotros, Dios es el Dios que se revela de forma plena y única en la persona de Cristo Jesús, tal como nos presentan las Escrituras. Nuestra visión de Dios no puede separarse de quién es Cristo.
Sin embargo, para muchos hoy, «Dios» es simplemente una energía, una fuerza última o una experiencia de una realidad más allá de lo material. Es un Dios sin definición, a menudo impersonal. Lo mismo ocurre con la palabra «fe». En muchos movimientos, se habla de la importancia de recobrar la fe, pero es una «fe en la fe»; se confunde la fe con el optimismo, con el impulso de la voluntad o con el pensamiento positivo de que si te propones algo, lo conseguirás.
Este es un pensamiento mágico y supersticioso. La vida nos enseña que, por mucha voluntad que pongamos, las cosas no se hacen realidad mágicamente solo porque lo deseemos. La fe cristiana no consiste en crear posibilidades mediante la mente, sino en aceptar realidades sobrenaturales que escapan a nuestra propia idea.
Una espiritualidad «materialista» y comprometida
Un punto que me parece crucial destacar es la diferencia entre la espiritualidad abstracta de la Nueva Era y la espiritualidad cristiana. A veces olvidamos que el cristianismo es, en cierto sentido, una religión materialista. Nuestra esperanza no es convertirnos en un «alma errante» o fundirnos con una energía universal, sino la resurrección de los muertos; la restauración física y material de un cielo nuevo y una tierra nueva.
Además, la espiritualidad que Cristo nos enseñó no está desligada de la realidad física del prójimo. Jesús mostró su espíritu sanando cuerpos, alimentando a hambrientos y preocupándose por los necesitados. Una espiritualidad que se desliga de la preocupación material por el hermano no es la espiritualidad que Cristo puso ante nosotros.
El discernimiento: ¿Amor a la experiencia o amor a Dios?
Para navegar en estas aguas, necesitamos discernimiento. La Biblia no niega la existencia de experiencias espirituales, pero nos advierte que es un terreno peligroso si no sabemos en qué mundo nos metemos. El apóstol Pablo nos insta a discernir los espíritus. No toda manifestación espiritual es necesariamente divina o lleva a la verdad.
Me gusta mucho la distinción que hacía el teólogo Jonathan Edwards durante el Gran Despertar americano. Él diferenciaba entre el misticismo y la verdadera experiencia espiritual cristiana. Edwards decía que aquel que tiene una experiencia mística suele enamorarse de la experiencia misma, de lo que siente y de cómo se conmueve. Por el contrario, el que tiene una experiencia del Espíritu de Dios, de quien se enamora es de Dios mismo. En la verdadera espiritualidad cristiana, hay una fascinación por Dios tal como se revela en Cristo; es el amor a Cristo lo que nos mueve, no la búsqueda de una emoción particular.
La sutil estrategia del engaño
No debemos ignorar que existe un engañador que, desde el Edén, utiliza la sutilidad para confundirnos. Su estrategia suele ser distorsionar la palabra divina y presentarnos a Dios como alguien que nos limita, conectando con nuestro deseo de autonomía. El engaño nos susurra que debemos ser seres autónomos que toman su propio destino en sus manos, desechando el «manual de instrucciones» que es la Biblia.
A menudo, este engaño apela al hedonismo y a la satisfacción inmediata. Pero como vemos en la vida de Moisés, aunque haya placer temporal en el pecado, ese placer carece de la permanencia y la satisfacción que solo se encuentran en Dios.
Conclusión: Una oportunidad para el Evangelio
A pesar de los riesgos, este despertar espiritual es también una oportunidad. El materialismo histórico intentó convencernos de que podíamos vivir solo con la realidad material, pero el ser humano tiene un hambre espiritual que no se puede ocultar para siempre.
Incluso aquellos que parecen más alejados, los más materialistas o hedonistas, no están fuera del alcance de Dios. Jesús se especializó en tratar con publicanos y pecadores, con gente que no era considerada «espiritual» en su tiempo. Nuestra tarea es estar alerta, ofrecer respuestas sólidas y orientar esa sed espiritual hacia el único que puede saciarla de verdad.
Recordemos que nuestro fundamento es la enseñanza apostólica, la Sola Scriptura, que es el criterio por el cual examinamos toda doctrina y experiencia. No busquemos la Biblia como un libro mágico para obtener respuestas irracionales, sino estudiémosla para conocer a Aquel que es el centro de nuestra fe.
Que este año que tenemos por delante sea un tiempo de enamorarnos más de Dios y de reflejar esa espiritualidad que, lejos de evadirse del mundo, se encarna en el amor y el servicio a los demás.
José de Segovia (Extracto de la Escuela Dominical el 21/12/2025)
