Se acerca la Navidad

Se acerca la Navidad y una vez más comprobamos que el tiempo vuela. Casi que con la foto aún de nuestras vacaciones veraniegas en mente, ya presenciamos la puesta en escena de nuestras ciudades y el dulce arrasando en las baldas de todo supermercado que se precie. Nos acercamos a esta fecha tan señalada con otra aún fresca en nuestra memoria. El pasado 29 de octubre se cumplió el primer aniversario del terrible suceso de la Dana que afectó principalmente a un gran número de poblaciones de la provincia de Valencia y al pueblo manchego de Letur. Como es lógico, todos los medios de comunicación se hicieron eco y dedicaron programas especiales en memoria de lo sucedido y en especial de las víctimas. A través de las ondas pude escuchar el testimonio de una de las afectadas. Su historia, desgraciadamente era similar a la de tantos otros, pero declaró algo que se me clavó en el corazón y en la mente. Y no porque fuese la primera vez que dichas palabras resonaban en mi interior sino porque siempre me impactan de la misma manera. Parte de su declaración fue: “Con todo lo que ha sucedido he aprendido que nadie va a venir a salvarme. Yo tengo que salvarme a mí misma. Si alguien puede salvarme soy yo misma.”

Sin duda la primera reflexión es que nunca podremos hacernos una idea de lo que una persona experimenta cuando atraviesa situaciones de tanta devastación. El dolor, la ira, la injusticia sufrida, la desesperación y un sinfín de emociones nunca vividas se amalgaman en el interior y, llevan a la frustración, la sinrazón y la desesperanza.  A todo ello, que no es poco, hemos de sumar el hecho de que nuestros referentes humanos nos defraudan y caen; nos fallan y no llegan a tiempo, nada parece tener sentido. Y frente a este escenario, me gustaría que contemples conmigo la siguiente imagen.

Formaba parte de una exposición llamada “VOLUNTARIOS POR AMOR” que pude visitar en el parque del Retiro de Madrid [Organizada por “Cultura Inquieta” del 31 de marzo al 4 de mayo de 2025]. En uno de los paneles se citaba literalmente: “Esta exposición es un homenaje a aquellos que con esfuerzo y corazón decidieron actuar cuando más se les necesitaba. Cada imagen captura no solo momentos, sino la esencia de la solidaridad en acción: manos que limpian, que reconstruyen, que acompañan.”

En dicha foto podemos leer las palabras que aparecen en la camiseta de una de las voluntarias y que un fotógrafo captó con su cámara. “¡Confiad! Yo he vencido al mundo.” Palabras que declaró Jesús en el Evangelio de Juan (16:33). “Yo he vencido al mundo” porque yo he venido a este mundo. “Vencido” y “venido”, palabras casi idénticas, palabras entrelazadas. Porque Jesús vino y  venció al mundo, es decir, al pecado, a la muerte, a las consecuencias tan desastrosas al vivir alejados de Él y dándole la espalda. Jesús entrega su vida por nosotros desde que se hace hombre. Dios, de manera voluntaria, decide actuar porque solo Él podía satisfacer nuestra máxima necesidad. Sus manos se abrieron para limpiarnos, reconstruirnos y acompañarnos. Por eso podemos confiar, porque Dios ha nacido, nos ha nacido un Salvador que es Cristo el Señor (Lucas 2:11), su nombre es Jesús porque es el único que tiene poder para salvarnos (Mateo 1:21).

El corazón entregado y las manos esforzadas de cada uno de esos voluntarios eran un reflejo de su Creador, y gran parte ellos respondían al llamado de servicio por amor que Dios nos confía en este mundo. Como seres humanos optamos por adherirnos con compasión, o no, ante desastres semejantes. Pero en Dios siempre hay un rotundo, de sus labios siempre brotan las palabras “estoy por y para ti”, Dios decide por el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5) identificarse con nuestras miserias y desgracias al encarnarse en un cuerpo como el nuestro. Dios tiene misericordia de nosotros, más aún, la palabra misericordia alcanza su significado y sentido pleno en Él. Si misericordia se define como el “corazón que se compadece de la miseria ajena”, quién se compadece más ante nuestra miseria que Aquel que puso su corazón (a su propio Hijo) para los des-graciados y nos convirtió en a-graciados. Sí, déjame decirte que todos somos desgraciados y andamos en esta vida en una condición de miseria, de necesidad absoluta. Podemos pensar que solo atraviesan este estado aquellos que sufren las consecuencias de un desastre natural, de una enfermedad terminal, del duelo, de la falta de recursos económicos, de la soledad, de un gran delito cometido… Pero todos, absolutamente todos, vivimos en este mundo con un corazón en miseria y bancarrota espiritual hasta que somos agraciados con el mayor de los premios, la mayor herencia, la mejor de las suertes, la gracia de nuestro Señor Jesús. Él es quien viene a dar sentido a lo que somos y hacemos con su bondad amorosa, con su amor leal, con su fidelidad, con su tierna y entrañable compasión, con su respuesta comprometida en la aflicción y con su mirada tierna.

En breve celebraremos una vez más que Jesús se hizo hombre, que se encarnó (se hizo carne) para identificarse con cada uno de nosotros, que se hizo vulnerable como un bebé para mostrarnos el Camino, la Verdad y la Vida. De esta manera nos salva de nuestra desorientación, mentira y muerte. No, no podemos salvarnos a nosotros mismos, pero sí hay algo que solo podemos hacer cada uno, confiar en Aquel que vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10). Si te sientes perdido, acude a Jesús, quien tiene misericordia, se comprometió contigo desde la eternidad y ofrece sus manos para rescatarte.

Celebra este tiempo y cada uno de los días que vendrán con el gozo de que Jesús también nació para ti, para traerte luz. Que se hizo como tú para que llegases a comprender cuán grande es Él. Que nació para entregar su vida en sacrificio, un sacrificio que va más allá de la solidaridad. Un amor entregado que cosecha vida al resucitar y darnos esa misma esperanza. 

Virginia Ruiz