DONAMOS SANGRE, DONAMOS VIDA

No es necesario explicarle a un ciego lo útiles que son los semáforos sonoros, como tampoco se necesitan demasiadas dotes persuasivas para convencer a un superviviente de cáncer de pulmón de lo nocivo del tabaco. 

Los seres humanos tomamos consciencia de las cosas importantes de la vida cuando nos salpican, pocas veces antes. Es común ver al frente de fundaciones o asociaciones sobre tal o cual asunto a quienes, en primera persona o por cercanía, han pasado por situaciones relacionadas. De la experiencia surge la conciencia, de la conciencia la consciencia y de la consciencia la acción. No hay motivación más poderosa que la vivencia en la piel propia.

Los cristianos nos sabemos agraciados por Dios. Asumimos que todo lo que tenemos es por Gracia y que, sin saber bien cómo ni porqué, somos beneficiarios de un regalo inmerecido. Dios mismo, siendo el Creador de todas las cosas, decidió donar a su hijo, donándose entonces a sí mismo, para reconciliarnos con él a través del sacrificio en la cruz. 

 “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,  sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;  y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”
Filipenses 2:6-8

En la antigüedad, casi todas las culturas incluían en sus ceremonias religiosas los sacrificios de animales para satisfacer a la divinidad. Los judíos practicaban, a través de los sacerdotes, sacrificios de animales para redimir los pecados cometidos. Era así como, a través de la muerte de un animal inocente y sin mancha, se saldaba la deuda contraída con Dios por causa de la desobediencia. La sangre que se derramaba en el altar, por la que se escapaba la vida de aquel animal, sustituía la vida que el autor de la ofensa debiera haber perdido por ella. Y es que la Biblia deja claro el castigo por el pecado:

Porque la paga del pecado es muerte…

(Romanos 6:23)

Pero la historia de la relación entre Dios y su creación cambió radicalmente cuando Dios mismo envió a Jesucristo para ponerse en lugar de nosotros, siendo el Cordero definitivo. El mismo Juan el Bautista presentó así a Jesús en los inicios de su ministerio:

He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Juan 1:29

Jesús, que merecía la gloria y la alabanza, padeció por nuestra culpa el más horrible castigo, que fue al mismo tiempo el sacrificio perfecto y perpetuo, una vez y para siempre.

 Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.
Isaías 53:7

A los pocos minutos de su crucifixión, la madera de la cruz estaba teñida por la sangre que brotaba de su frente, provocada por la corona de espinas, de sus manos y sus pies atravesados por clavos y, finalmente, de su costado atravesado por una lanza. La sangre, esa sangre que de muerte nos trajo vida, que de condenación nos trajo esperanza, que de separación nos trajo vida eterna. 

Dios se donó por nosotros, y nuestra respuesta no puede ser sino donarnos por los demás, si de verdad amamos a Cristo. Donar unos cuantos centilitros de nuestra sangre es un símbolo de nuestro compromiso con el prójimo, y es al mismo tiempo una respuesta de agradecimiento por la sangre que un día nos hizo pasar de muerte a vida. 

Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.
Efesios 2:13

España es líder mundial en donación de sangre y nuestra iglesia quiere sumarse a esta ola de compasión y empatía por los que sufren. Unas veces lo haremos donando alimentos o ropa, otras donando nuestro dinero, otras donando tiempo y otras, como cada vez que el autocar de la Cruz Roja estaciona frente a nuestra iglesia, donando nuestra sangre. 

Donamos sangre, donamos vida. 

Daniel Bores.