DE ESPECTADOR A PESCADOR

Hoy, mientras reflexionaba sobre la Palabra, una idea me asaltó con fuerza. Siento que, en esencia, podríamos dividir a las personas en dos grandes categorías, aunque seguramente existen muchas más formas de clasificarnos. A veces percibo que somos actores o somos meros espectadores.

En mi propia vida, observo esta distinción claramente. Mi esposa, por ejemplo, pertenece decididamente al grupo de los actores. Es dinámica, toma la iniciativa, está llena de energía. Yo, en cambio, tiendo más a situarme en el otro lado, disfrutando cuando otros toman la delantera, prefiriendo un papel más secundario. Sin embargo, en lo profundo de mi ser, creo firmemente que es mucho más emocionante ser un actor que un simple espectador. Es como presenciar los Juegos Olímpicos: emocionante, sí, pero incomparablemente más electrizante ser el atleta que corre, que lucha por la victoria y que quizás alcanza una medalla. Lo mismo ocurre siendo hincha de fútbol en el estadio, vibrando con cada jugada de tu equipo, pero la emoción se multiplica exponencialmente al ser el jugador que marca el gol decisivo.

Y creo que esta misma dinámica se traslada a la iglesia. Podemos ser actores, involucrados activamente, o podemos limitarnos a ser espectadores. A veces, incluso aquí en Marín, en Galicia, tengo la sensación de que una parte de nuestra congregación está profundamente comprometida en diversos ministerios, mientras que otro sector asiste, está presente físicamente, pero no participa de manera activa.

Recuerdo una frase impactante que escuché en una ocasión a Jorge Berber, quien fuera director de Operación Movilización durante muchos años, ahora ya con el Señor. Jorge decía: “Dios no quiere decisiones, sino discípulos”. Es crucial entender la profundidad de esta afirmación. Por supuesto, el Señor anhela que hombres y mujeres tomemos decisiones, y la más trascendental de todas es la de recibir a Jesucristo, crucificado, resucitado, ascendido y reinando en los cielos, como nuestro Salvador personal. Esta es una decisión fundamentalmente importante.

Pero la cosa no termina ahí. Lo que Dios realmente busca es que, habiendo tomado esa decisión de colocar al Señor Jesús en el lugar primordial de nuestras vidas, desarrollemos un discipulado activo, siguiendo el camino que Él nos marca y sirviéndole con nuestra energía, nuestras fuerzas, con entusiasmo y entrega. El apóstol Pedro lo expresa de manera clara en su primera carta, palabras que nos resultarán familiares: “Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndose los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”. Ningún hijo o hija de Dios, ninguna persona creyente en el Señor Jesús, puede decir “yo no tengo un don, no tengo algo con qué servir al Señor y glorificar su nombre”. Pedro nos exhorta a usar ese don especial sirviéndonos mutuamente.

Con esto en mente, quiero compartir algunas reflexiones sobre un pasaje de las Escrituras que siempre me desafía cuando lo leo. Se encuentra en el Evangelio de Lucas, en el capítulo 5, y me gustaría leer los primeros 11 versículos. En mi Biblia Reina Valera 2020, el título es “La pesca milagrosa”. En este pasaje, observamos tres incidentes breves dentro de un relato más extenso. Primero, Jesús predicando a las multitudes; luego, Jesús y Pedro pescando en el lago de Genesaret; y finalmente, una conversación personal entre Pedro y Jesús. En cada una de estas secciones, identifico tres elementos recurrentes: en primer lugar, un reto de parte del Señor a Simón Pedro; en segundo lugar, una respuesta de Pedro; y en tercer lugar, al menos en los dos primeros incidentes, un resultado inmediato, impactante y visible. Les invito a que, mientras leo, identifiquen estos retos, las respuestas de Pedro y los resultados en cada caso.

(Lectura de Lucas 5:1-11)

A través de este pasaje, podemos discernir tres pasos cruciales mediante los cuales Jesús guía a Pedro, transformándolo de un mero espectador en un discípulo 100% comprometido. Vamos a examinarlos brevemente.

En primer lugar, encontramos el paso de la colaboración desinteresada. La escena nos presenta a Jesús junto al lago de Genesaret, predicando a una multitud cada vez mayor. La aglomeración dificulta la proclamación de la Palabra de Dios. En esta situación, Jesús observa dos barcas de pesca amarradas cerca de la orilla, y sus tripulantes, incluyendo seguramente a Simón Pedro, su hermano Andrés, Jacobo y Juan, estaban realizando una tarea esencial para su oficio: lavar y remendar las redes. Sin redes en buen estado, la pesca es imposible.

Y aquí surge el primer reto: Jesús le dice a Simón Pedro, “Oye, Pedro, ¿me prestas tu barca como púlpito flotante? De esta manera, desde la barca, podré predicar a toda esta multitud en la orilla con comodidad y claridad”. Un reto bastante sencillo, aparentemente sin gran exigencia. Pero detengámonos un momento a considerar la situación de Pedro. El relato nos informa que había estado pescando toda la noche sin éxito. Ya era la mañana, seguramente estaba exhausto, quizás de mal humor, ocupado con el trabajo de las redes y probablemente anhelando regresar a casa para descansar y comer. ¡Qué fácil hubiera sido para Pedro excusarse! Podría haber dicho: “Mira, Señor, me pillas en un mal momento. He estado toda la noche pescando, estoy cansado, quiero desayunar, volver con mi familia y tengo que terminar de arreglar las redes. ¿Por qué no quedamos para mañana y te llevo a predicar?”.

Sin embargo, a pesar de estas posibles excusas, Simón ofrece una respuesta positiva: “Sube, Señor; aleja la barca un poco de la orilla”. Y desde esa barca, Jesús predicó la Palabra del Señor a toda aquella multitud. Un reto sencillo del Señor, una respuesta positiva de Pedro y un resultado magnífico: quizás miles de personas pudieron escuchar con comodidad y claridad el mensaje del Evangelio, la Palabra de Dios. Creo que hay una aplicación sencilla para nosotros aquí. A veces, el Señor puede invitarnos a asumir algún tipo de servicio fácil, sencillo, incluso aparentemente insignificante. Sin embargo, esta tarea sencilla, realizada para el Señor, puede convertirse en un canal de bendición para muchísimas personas. ¿Qué colaboración sencilla te está pidiendo el Señor a ti ahora mismo? Responder positivamente puede ser una fuente de bendición inesperada. Este es el paso de la colaboración desinteresada.

Pero la historia no termina ahí. Cuando Jesús terminó de hablar, le dijo a Simón: “Rema lago adentro y echad vuestras redes”. Aquí tenemos un segundo reto, quizás un poco más difícil. Pedro era el profesional, había pasado su vida pescando en el lago de Genesaret. Conocía los mejores momentos para pescar, de día o de noche, sabía los lugares donde era más probable encontrar peces. Él era un pescador experimentado. ¡Qué fácil hubiera sido para él objetar! Podría haber dicho a Jesús: “Mira, Señor, no es buena idea. Hemos estado pescando toda la noche y no hemos pescado nada. Yo sé cuándo es el mejor momento y dónde encontrar peces, y este no es el momento. Y con todo respeto, Maestro, tú enseñas muy bien, pero eres carpintero, ¿qué sabes de pesca en esta zona? Yo soy el profesional”.

Pero a pesar de todo esto, Pedro dice que sí: “Maestro, hemos estado toda la noche trabajando y no hemos pescado nada, pero puesto que tú lo dices, echaré las redes”. Un reto, una respuesta positiva, y el resultado: “Así lo hicieron, y recogieron tal cantidad de peces que su red se rompía. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca para que acudieran en su ayuda; ellos vinieron y llenaron ambas barcas hasta el punto que casi se hundían”. Un reto, una respuesta positiva y un resultado milagroso.

Este resultado tiene incluso dos partes. En primer lugar, la captura de una cantidad ingente de peces que amenazaba con romper las redes, un milagro que revelaba claramente el poder sobrenatural de Jesús como Señor de la naturaleza. Y en segundo lugar, esto produjo un impacto profundo: “Al ver esto, Simón Pedro cayó de rodillas ante Jesús y dijo: ‘Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador'”. A través de aquel milagro, Pedro tuvo una nueva visión de quién era Jesús, pero también una nueva visión de quién era él mismo. Él mismo lo reconoce: al ver la magnitud de la pesca, cae de rodillas y reconoce a Jesús como Señor. ¿Notaron que en el versículo 5, cuando Jesús le pide que reme mar adentro, Pedro lo llama “Maestro”, pero ahora lo llama “Señor”? Lo que ha presenciado le ha dado una nueva comprensión de la identidad de Jesucristo. Y al contemplar la grandeza y la gloria del Señor Jesús a través de este milagro, Pedro toma conciencia de su propia pequeñez y pecaminosidad. “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador”. Es como si Jesús, que tiene planes grandiosos para Pedro, supiera que antes de encomendarle la tarea definitiva de su vida, Pedro necesitaba comprender realmente quién era Jesús y quién era él mismo.

Y creo que esto tiene una importancia tremenda para nosotros. No podemos servir dignamente al Señor si no tenemos una visión clara de su gloria, su grandeza, su majestad y su santidad, y una visión correcta de nosotros mismos, reconociendo que somos poca cosa. Sin embargo, tenemos el inmenso privilegio de que Dios quiere utilizar estos instrumentos imperfectos para la gloria de su nombre y la bendición de muchas otras personas. Si el primer paso fue la colaboración desinteresada, este segundo reto ha sido el paso de la convicción decisiva. Pedro necesitaba llegar a este punto de claridad sobre Jesús y sobre sí mismo antes de asumir el tercer y último reto.

A este tercer reto lo he llamado el reto del compromiso definitivo. “La gran cantidad de pesca capturada fue causa de que el temor se apoderara de él y de todos los que con él estaban. Lo mismo les ocurrió a Jacobo y a Juan, hijos de Zebedeo y compañeros de Simón. Pero Jesús le dijo a Simón Pedro: ‘No temas; desde ahora serás pescador de hombres'”. Es como si el Señor dijera: “Pedro, tú eres un hombre de negocios, eres pescador, tienes a tu hermano Andrés trabajando contigo, tienes a Juan y Jacobo como socios. Tienes una buena empresa de pesca que está funcionando bien. Pero yo también tengo mi ’empresa de pesca’, yo también trabajo en la pesca, y quiero que trabajes conmigo. Pero yo no pesco peces, yo pesco a personas“. “Pedro, tienes la mirada fija en estas redes llenas de peces. Levanta la mirada, mira hacia la orilla, ve a las multitudes que necesitan escuchar la Palabra de Dios, el mensaje del Evangelio. Pedro, mira a toda esta gente, quiero que trabajes conmigo para pescar hombres y mujeres para el Reino de Dios”.

Este era el reto más difícil de todos. Prestar la barca a Jesús temporalmente durante unos minutos u hora fue relativamente fácil. El segundo reto fue más difícil, pues contradecía la experiencia y el conocimiento de Pedro como pescador. Pero este tercer reto era el más trascendental: “Pedro, desde ahora quiero que seas pescador de hombres”. Y la respuesta fue inmediata: “Después trajeron las barcas a tierra y, dejándolo todo, le siguieron”. Ese era el punto al cual Jesús quería llamar a Pedro a través de esta serie de pasos: que no fuera un mero espectador desde su barca viendo cómo Jesús predicaba, sino que se identificara plenamente con la misión que Jesús tenía para él. Un reto, una respuesta positiva, y los resultados… aunque no los veamos inmediatamente en este incidente, si conocemos la Biblia, recordamos el día de Pentecostés, una gran “pesca” de 3000 personas que respondieron a la predicación del Evangelio realizada por el apóstol Pedro.

Concluyo con algunas reflexiones personales. ¿Estamos dispuestos a servir al Señor Jesucristo con humildad, aunque a veces la tarea parezca muy sencilla, nada espectacular? ¿Cuál es la tarea que Jesús tiene para ti en este momento? ¿A qué te está llamando Jesús? ¿Qué es lo que está pidiendo de ti?. ¿Estamos dispuestos a confiar plenamente en el Señor Jesús y seguir sus instrucciones con una actitud de obediencia incondicional?. ¿Hay alguna área de tu vida que no está plenamente sometida al Señorío de Cristo?.

Tengo un recuerdo muy vívido de cuando venía en barco desde Gran Bretaña hacia España para comenzar un tiempo de servicio al Señor como misionero en este país. Tuve una gran discusión con el Señor en aquel barco. “Señor”, le decía, “esto es una locura. ¿Yo, misionero? Soy una persona tímida, introvertida. Un misionero tiene que ser extrovertido, un gran líder. Yo no soy ningún gran líder. No sé, Señor, quién se ha equivocado, si Tú, yo o los dos. Pero esto de ir como misionero a España es una locura total”. Y sin embargo, el Señor me ha dado el tremendo privilegio durante más de 50 años de servirle en España con tan pocos dones, con tan poca capacidad. Pero Él es Señor y es capaz de utilizar nuestros pobres esfuerzos para la gloria de su nombre, la extensión de su Reino y la bendición de muchas personas.

¿Estamos dispuestos, como Pedro, a negarnos a nosotros mismos, a tomar la cruz cada día, cumpliendo la voluntad de nuestro Soberano cueste lo que cueste?. El Señor quiere que trabajemos con Él, todos, en su negocio de la pesca. Quiere utilizarnos para la extensión de su Reino, para la edificación de su Iglesia, para la gloria de su nombre. ¿Tenemos la convicción de que al hacerlo así veremos la mano del Señor obrando milagros en nuestras vidas y en las vidas de otras personas? Porque eso es lo que Él quiere hacer. ¿Estamos plenamente convencidos, para citar al apóstol Pablo, de que nuestro Dios es aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos y entendemos, según el poder que obra en nosotros?. Somos cañas cascadas, y sin embargo, el Señor puede llenarnos de su poder para su gloria.

A Él sea la gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las generaciones, incluida la nuestra. Por los siglos de los siglos. Amén.

Señor, muchas gracias por darnos el privilegio de servirte. Somos poca cosa, Señor, somos hombres y mujeres pecadores, pero gracias porque tu gracia nos salva. “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”, para que toda la gloria, Señor, sea tuya. Utilízanos, Señor. Queremos ser instrumentos en tus manos, queremos responder a los retos que Tú nos planteas, queremos responder positivamente y queremos ver grandes resultados para tu Reino por medio de tu poder obrando en nuestras vidas. Te lo pedimos y te damos gracias en el Nombre de Cristo Jesús. Amén.

Extraído de la predicación de Timoteo Glascock.

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