Más allá de la muerte: el milagro que define la Semana Santa.

El camino que unía Jericó con Jerusalén presentaba un tráfico mayor de lo habitual. Era domingo, primer día de la semana, y Jesús hacía tan solo unos minutos que acababa de sanar a dos mendigos ciegos. A pesar de lo apretado del paseo, seguramente iba pensando en todo lo que había ocurrido en los ajetreados días pasados, pero al mismo tiempo le sería difícil no pensar en lo que estaba a punto de acontecer. Acercarse a Jerusalén era sinónimo de fin de trayecto, pues sabía que sería allí donde una semana más tarde terminaría crucificado como un vulgar ladronzuelo. Sin embargo, caminaba con la vista puesta en la ciudad, sin descuidar a la muchedumbre que lo había dejado todo para seguirle…aunque no muchos días después le abandonarían como si nunca le hubieran conocido. 

Atisbando ya las puertas de la ciudad, encargó a dos de sus discípulos que fueran a una aldea cercana para hacerse con un pollino y un asna. Y así entró, subido en estos animales que distaban mucho de la belleza y la elegancia de los impetuosos caballos en los que era más habitual realizar entradas triunfales. Las multitudes, reconociéndole, le aclamaban diciendo  

“¡hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”, haciendo que se cumpliera lo profetizado varios siglos atrás por Isaías y Zacarías. “¿Quién es este?”, se preguntaban algunos. “Es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea”, respondían otros. 

He aquí el inicio de lo que hoy llamamos Semana Santa. 

Unos días después, el jueves, Jesús celebraba la cena de Pascua con sus amigos más cercanos, sus doce discípulos. Como era tradición desde hacía muchos siglos, los judíos se reunían en torno a una mesa para celebrar la salida del Pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, mediada por el poder y la misericordia de Dios. Pero aquella Pascual no era una cualquiera, sino la última que celebraría Jesús con sus discípulos a este lado de la eternidad. Durante esa cena dijo “uno de vosotros me va a entregar”, sabiendo que Judas ya había llegado a un acuerdo con sus perseguidores para entregarle. Sin embargo, pese a su profunda tristeza, tuvo fuerza para partir el pan, tomar la copa de vino y repartirlo entre sus amigos. “Tomad, comed, esto es mi cuerpo” y “bebed de ella todos”, dijo. Y les pidió que, en adelante, acostumbraran a hacer aquello en su memoria. 

Pocas horas más tarde, ya de noche, tras una angustiosa oración al Padre, Jesús vio cómo una turba venía hacia él armada con espadas y palos. Casi sin poder contener a sus discípulos, que no querían permitir que apresaran a su Maestro, optó por no resistirse y se entregó, sabiendo el fin que le esperaba. Caifás el sumo sacerdote primero, después los sabios del Concilio, luego Pilatos, Herodes y de nuevo Pilatos…unos por envidia, otros por rabia y otros por miedo, todos terminaron permitiendo que el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios viviente, fuera colgado salvajemente de un madero en el Gólgota, lugar destinado a la ejecución de criminarles con el fin principal de disuadir al resto de la población de tratar de imitar su conducta. 

Allí, agonizando por la pérdida de sangre y por la asfixia, tuvo aún que soportar las injurias de los soldados, las burlas de otros condenados y, lo que es peor, el abandono de todos los que le habían seguido hasta entonces. No obstante, el tremendo dolor al que estaba siendo sometido no fue suficiente para acallar una última súplica, un último alegato de amor, dirigido a Dios Padre: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Cuando Jesús hubo exhalado su último aliento, todo se encontraba en tinieblas. El velo del templo se rasgó en dos, la tierra tembló, las rocas se partieron y muchos muertos resucitaron. Al ver todas estas cosas, el centurión y los soldados que le habían crucificado reconocieron la evidencia:

“verdaderamente éste era el Hijo de Dios”. 

Todo podría haber terminado allí, y hoy la Semana Santa culminaría con el recuerdo de la muerte del Mesías. El acto final sería, quizá, la visita a la tumba en la que depositaron su cuerpo magullado y sin vida. Este sería uno de los lugares de peregrinación más importantes del mundo, pero solo sería eso: un monumento a un gran hombre, como tantos ha habido. 

Sin embargo, el milagro estaba aún por llegar. El domingo por la mañana, apenas el sol comenzaba a dejarse ver tras la línea del horizonte, unas mujeres que había ido hasta la tumba se encontraron con ella abierta y vacía. ¡Jesús no estaba dentro! ¡Había resucitado! No podían creer lo que estaban viendo, hasta que un ángel del Señor les confirmó que “no está aquí, pues ha resucitado”. 

Durante unos cuantos días, Jesús se presentó a decenas y decenas de personas que pudieron atestiguar, algunas incluso tocando sus cicatrices, que la vida había vencido sobre la muerte, la verdad sobre la mentira, el bien sobre el mal, la gracia sobre el pecado, el día sobre la noche, la luz sobre la oscuridad. 

Y esto celebramos, más de dos mil años después. No celebramos el recuerdo de un buen hombre que solo dijo cosas sabias. Celebramos la vida, la muerte y la resurrección del Salvador, quien por su obra en la cruz nos acerca al Padre y nos permite reconciliarnos con nuestro Creador. Ese mismo Jesús volverá algún día, y será entonces cuando podamos ver a Dios cara a cara para toda la eternidad. 

Y mientras tanto, como cristianos y como iglesia vivimos por y para el cumplimiento del último mandato de Jesús antes de volver al Padre:

“Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado, y he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”

(Mateo 28:19-20)

Nota: Nota: la secuencia de los acontecimientos narrados se basa fundamentalmente en el Evangelio de Mateo.

Daniel Bores.