Buenos días a todos. Es un placer estar aquí hoy, aunque mi voz suene un poco a camionero después de mi aventura en Aglow. Cantar frente a tres mil mujeres es una experiencia que te deja sin aliento, pero valió la pena. Hoy, quiero compartir algo que ha estado resonando en mi corazón, algo que creo que todos necesitamos reflexionar: la amargura y cómo nos roba la gracia de Dios.
Como hijo de pastor y cuarta generación de cristianos, he visto de primera mano las dos caras de la moneda: las bendiciones y los desafíos de crecer en un hogar muy cristiano. Y aunque valoro mis raíces, también he aprendido que a veces nuestras propias “tradiciones” pueden cegarnos ante verdades esenciales de la fe. Por eso, cada vez que alguien empieza a filosofar sobre la Biblia, mi lado madrileño sale a la luz y busco un versículo para contradecirlo. Es que, a veces, nos enfocamos tanto en la gracia que olvidamos que también hay una ira de Dios, aunque no nos guste cantar sobre ella.
Hoy, quiero hablar de la gracia, pero no de la forma en que solemos hacerlo. Sí, Efesios nos habla de la inmensa misericordia y el amor de Dios, que nos dio vida en Cristo. Pero también está Hebreos, que nos dice que debemos alzar las manos caídas y las rodillas paralizadas. La gracia no es un cheque en blanco; es un buffet al que debemos acercarnos activamente. Y aquí es donde entra la amargura.
¿Qué es la amargura? Es ese sentimiento que nos hace ver la vida a través de un filtro negativo. Es como ese conductor que se enfada con todos, o la persona que discute en el supermercado. Es algo desagradable, una peste que los demás perciben, aunque nosotros no seamos conscientes. Y lo peor es que esa amargura, esa “raíz” como dice Hebreos, puede impedirnos alcanzar la gracia de Dios, no porque no esté disponible, sino porque nosotros mismos nos cerramos a ella.
Para ilustrar esto, pensemos en la historia de Esaú. Hijo de Isaac y nieto de Abraham, un tipo trabajador y esforzado. La Biblia nos dice que Esaú era un hombre de campo, mientras que Jacob era más de quedarse en casa. Isaac amaba a Esaú por su dedicación, mientras que Rebeca prefería a Jacob. Y esta dinámica familiar, tan común en nuestros tiempos, nos muestra cómo los estereotipos y las preferencias pueden influir en nuestra percepción de los demás.
Un día, Esaú, agotado por su trabajo, le pide comida a Jacob, y este último le ofrece un trato inaudito: su primogenitura a cambio de un plato de lentejas. La respuesta de Esaú es clave: “¿De qué me vale la primogenitura si me muero de hambre?“. Aquí vemos la amargura en su máxima expresión. Esaú se siente víctima de las circunstancias y menosprecia su herencia espiritual por una necesidad física pasajera.
Ahora, seamos honestos, ¿cuántos de nosotros hemos dicho alguna vez “me muero de hambre” sin estar realmente al borde de la inanición? Esaú no se estaba muriendo de hambre; tenía opciones. Podría haber pedido comida a sus padres. El problema real no era la comida, sino su amargura hacia Jacob. Se sentía inferior, frustrado porque su hermano parecía tener una vida más fácil.
Y es que la amargura siempre se dirige hacia los demás. Nos comparamos, envidiamos, nos resentimos por lo que otros tienen y nosotros no. Y en ese proceso, perdemos de vista lo realmente importante: nuestra relación con Dios. ¿Cuántas veces nos amargamos con Dios porque no nos da lo que queremos o porque otros parecen tener más? Esa amargura, ese olor a “sobaco” espiritual, como decía antes, nos impide ver las bendiciones que ya tenemos y nos aleja de su gracia.
La amargura es una peste que contamina todo. En España, por ejemplo, somos muy buenos para ayudar al necesitado, pero muy malos para aplaudir al que le va bien. Esa cultura de la amargura se infiltra en todos los ámbitos: en nuestra casa, en el trabajo y hasta en la iglesia. ¿Cuántas veces nos molesta ver un coche caro o nos incomoda que alguien tenga éxito?
Y la pregunta es: ¿cuánto te costaron esas lentejas? Porque si esas lentejas te cuestan la gracia de Dios, son muy caras. Es igual que cuando pecamos. Es un plato de comida para el alma por un rato, pero al final te deja vacío.
No solo Esaú fue un hombre amargado. Pensemos en Marta, esa mujer que recibió a Jesús en su casa. Marta se afanaba por los quehaceres, mientras que María escuchaba a Jesús a sus pies. Y Marta, amargada por la “injusticia” de que su hermana no la ayudara, se quejó a Jesús. ¿Pero cuál era el problema real? No era la falta de ayuda, sino que Marta quería demostrar que ella era la buena y María la mala.
Y cuántas veces nosotros, haciendo cosas buenas, apestamos a amargura. Como esa camiseta de mi grupo de jóvenes que olía a sobaco. La camiseta no era el problema, sino el olor que desprendía. Igual que nuestras acciones. ¿A qué huelen nuestras canciones, nuestros diezmos, nuestro servicio? ¿A competencia, a envidia, a buscar el reconocimiento de los demás? O ¿a amor, a misericordia, a un servicio genuino?
Dios no quiere empleados, quiere hijos. No está buscando gente que haga lo que él quiere como si fueran autómatas. Quiere conocernos, estar cerca de nosotros. Su relación con nosotros es la de un esposo con su esposa, no la de un jefe con un empleado. ¿Y a qué huele tu fe?
Pensemos en la mujer del flujo de sangre. Ella tocó a Jesús en medio de una multitud y fue sanada. Pero, ¿cuánto tiempo pasó antes de que admitiera lo que había hecho? Y después, cuando contó toda su historia, Jairo no se desesperó ni reclamó a Jesús. ¿Cómo reaccionas cuando Dios bendice a otros en lugar de a ti? ¿Te amargas, como Esaú, o te alegras, entendiendo que el mismo Dios que bendijo a ellos también puede bendecirte a ti?
Por eso, hoy quiero animarte a que identifiques esas áreas de amargura en tu vida. ¿Qué te amarga? ¿Que a otros les vaya bien en los negocios? ¿Que alguien encuentre pareja antes que tú? ¿Que alguien consiga lo que tú estás pidiendo? Y recuerda, alguien amargado es fácilmente manipulable. Los movimientos políticos extremos, de izquierda y de derecha, se nutren de la amargura de la gente. Pero si estás seguro en tu identidad en Cristo, no serás fácilmente manipulado.
La gracia de Dios está ahí, pero tú puedes decidir no tomarla. Y recuerda, todos somos primogénitos hoy delante de Dios por Cristo Jesús. Dios te ha dado un propósito, un futuro y un proceso que tienes que caminar. Pero por favor, no huelas fuerte.
Señor, gracias por tu gracia y tu misericordia. Perdónanos por ser amargados con nuestros hermanos, por juzgar tus bendiciones, por cuestionar tu autoridad. Queremos abandonar cualquier amargura y anhelar tu gracia. Ayúdanos a servir para amarte y a amar a los demás, no para competir y buscar el aplauso de la gente. Enséñanos a ser restauradores de relaciones y a hablar como tú hablarías. Gracias por la esperanza y por los milagros que hemos visto en otros, que nos animan a creer que el nuestro está en camino.
Y antes de terminar, os dejo una tarea: esta semana, identifica tus quejas y transfórmalas en bendiciones. Aplaudamos el éxito de los demás, porque somos familia y el éxito de uno es el éxito de todos. Recordemos que somos humanos, no ángeles caídos del cielo, como dice el salmista. Y la gracia de Dios hace algo, pero seguimos trabajando en nuestras cosas. Seamos intencionales en cambiar nuestra queja por bendición y enfoquémonos en la presencia de Dios, que es nuestra tierra prometida. Porque como decía Moisés, si tu presencia no viene conmigo, yo no quiero ir.
Y recuerda, lo más importante no es llegar a la tierra prometida, sino caminar con Dios en el camino. Él es todo lo que necesitamos. Él es nuestra tierra prometida.
Amén.
Extraído de la predicación de Kike Pavón.
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