¿Cómo me mira Jesús?

A veces, me encuentro dándole vueltas a preguntas que parecen sencillas, pero que encierran una profundidad abismal. Una de ellas, que me ha acompañado durante la preparación de esta reflexión, es: ¿cómo me mira Jesús? Y no es una pregunta retórica, aunque entiendo que ahora mismo no podáis responderme. ¿Alguna vez os habéis detenido a pensar en ello? Si tuvierais que describir esa mirada, ¿qué veríais? ¿Qué ve Jesús cuando os mira a cada uno de vosotros?

Para intentar acercarnos a una respuesta, quiero invitaros a que juntos exploremos un pasaje del Evangelio de Lucas, capítulo 7, versículos del 36 al 50. Este relato, que narra un encuentro entre Jesús, un fariseo llamado Simón y una mujer de la ciudad conocida como pecadora, nos ofrece una ventana a la forma en que Jesús percibe a cada ser humano.

La escena comienza cuando Simón invita a Jesús a comer a su casa. Mientras están a la mesa, una mujer, con un frasco de alabastro lleno de perfume, se acerca a Jesús. Ella, sin mediar palabra, comienza a llorar a sus pies, a enjugarlos con sus cabellos, a besarlos y a ungirlos con el perfume. La reacción de Simón no se hace esperar; en su interior, piensa que si Jesús fuera profeta, sabría qué clase de mujer le está tocando: una pecadora.

La escena comienza cuando Simón invita a Jesús a comer a su casa. Mientras están a la mesa, una mujer, con un frasco de alabastro lleno de perfume, se acerca a Jesús. Ella, sin mediar palabra, comienza a llorar a sus pies, a enjugarlos con sus cabellos, a besarlos y a ungirlos con el perfume. La reacción de Simón no se hace esperar; en su interior, piensa que si Jesús fuera profeta, sabría qué clase de mujer le está tocando: una pecadora.

Aquí, la situación se convierte en un escenario perfecto para entender las dos miradas que existen: la del mundo, representada por Simón, y la de Jesús. Simón, el fariseo, un hombre dedicado al cumplimiento de la ley, mira a la mujer a través del prisma del pecado. La etiqueta de “pecadora” lo define todo. En su mente, ella no es más que eso: una persona alejada de Dios, indigna de acercarse a Jesús.

eso: una persona alejada de Dios, indigna de acercarse a Jesús.

Pero Jesús no se deja llevar por las apariencias ni por los prejuicios sociales. Con una parábola, le hace ver a Simón que el amor es la respuesta. Le habla de dos deudores, uno que debía mucho y otro poco, a quienes su acreedor les perdonó la deuda a ambos. Jesús le pregunta: ¿quién amará más al acreedor? Simón responde correctamente: aquel a quien más se le perdonó. Entonces, Jesús le muestra la realidad: esta mujer, a la que Simón mira con desprecio, ha demostrado mucho amor al lavar sus pies con lágrimas, enjugarlos con sus cabellos y ungirlos con perfume.

El amor es la medida de la gratitud. Y a ella, Jesús le dice: “Tus pecados te son perdonados”.

Este pasaje me ha hecho reflexionar sobre algo que a veces se me olvida: la mirada de Jesús es radicalmente diferente a la nuestra. Mientras que el mundo suele juzgar, Jesús compadece. Mientras que el mundo etiqueta, Jesús ama.

Mientras que el mundo desprecia, Jesús acoge. La historia de esta mujer se repite en otros pasajes de los evangelios. Pienso en la mujer adúltera, a punto de ser lapidada; en Zaqueo, un cobrador de impuestos corrupto; en las multitudes desamparadas, como ovejas sin pastor; incluso en su madre y su discípulo amado, a quienes miró con compasión desde la cruz. Jesús siempre mira con misericordia.

Es cierto que este mismo relato tiene variaciones en los otros evangelios. En Mateo, Marcos y Juan, la situación se presenta con algunos matices distintos. En algunos, Jesús está en casa de Simón el leproso, y no del fariseo, o la mujer derrama el perfume en la cabeza de Jesús y no en sus pies. Incluso, se dice que la mujer es María, la hermana de Marta y Lázaro. Estas diferencias podrían llevarnos a un debate teológico que, aunque interesante, no es el foco de esta reflexión.

Creo que lo importante, y lo que debemos llevarnos hoy, es que, sea cual sea la situación y los detalles específicos, la esencia del mensaje es la misma: Jesús mira con amor y compasión.

Esta reflexión me lleva a preguntaros, y a preguntarme a mí mismo: ¿cómo me miro yo?

Porque a menudo, nos convertimos en jueces implacables de nosotros mismos. Nos exigimos la perfección, nos castigamos por nuestros errores y nos comparamos constantemente con los demás. Y la opinión que tenemos de nosotros mismos muchas veces está construida sobre la base de lo que otros dicen de nosotros, como si fuéramos la suma de las opiniones ajenas. ¿Os suena familiar?

Pero lo que quiero transmitiros hoy es que la mirada que debemos adoptar sobre nosotros mismos no es la que nos impone el mundo, ni la que nos dicta nuestra propia conciencia manchada por el pecado. Debemos mirarnos a través de las lentes de Jesús. Dios nos creó a su imagen y semejanza, y cuando nos creó vio que era bueno.

Nosotros nos encargamos de estropear esa imagen, de distorsionarla con nuestros pecados y malas decisiones. Pero aun así, Dios, en su infinita gracia, no nos mira con la misma dureza con la que nos miramos nosotros.

Si Dios nos mirara a través del prisma de nuestro pecado, ¿qué vería? Destrucción, muerte, y no habría espacio para la compasión. Dios aborrece el pecado y, si solo nos viera a través de él, mereceríamos la condenación. Pero gracias a Dios, él no nos mira así. Él nos mira a través de las lentes del amor, a través del sacrificio de Jesús en la cruz.

Si no fuera por esa cruz, estaríamos perdidos. No hay nadie que merezca ser mirado con agrado por Dios sin ese filtro. Es como si nuestra foto original en Instagram no fuera lo suficientemente buena para ser publicada y necesitara ser pasada por un filtro. Y ese filtro es Jesús.

Dios nos mira con la misma mirada de amor y compasión con la que miró a Judas durante tres años. ¡Qué paciencia tuvo Jesús! Y no solo en la última cena, sino desde el primer día en que lo llamó a ser su discípulo. Y eso me hace pensar: ¿Acaso Jesús no sabía que Judas lo iba a traicionar? ¿Acaso pensamos que la mujer del pasaje de Lucas no volvió a pecar después de su encuentro con Jesús?. Claro que sí. Pero el amor de Dios no depende de nuestra perfección ni de nuestro comportamiento. Es un amor incondicional, un amor que nos abraza tal como somos, sabiendo que somos imperfectos, pecadores y que volveremos a equivocarnos.

Este amor incondicional es el que nos permite acercarnos a él con confianza y humildad. Por eso, creo que no hay lugar más alto que estar a los pies de Jesús. No es poesía, es una realidad. A veces, parece que llegar a ese lugar implica reconocer nuestras limitaciones, nuestras debilidades, nuestro pecado. Hay veces que Dios parece que permite que ocurran cosas para que no tengamos más remedio que llegar a sus pies. Y entonces, nos encontramos allí, encorvados por el peso de la culpa, pero a la vez, con la esperanza de su perdón. Es un lugar de encuentro, de sanación y de transformación. Y desde ese lugar es donde debemos comenzar a construir nuestra relación con él.

Ahora, me dirijo a cada uno de vosotros de manera personal, porque sé que todos los que estáis aquí hoy no os encontráis en el mismo punto de vuestra relación con Dios. Puede que algunos ya hayáis pasado por el dolor de la conciencia del pecado y estéis viviendo una vida tratando de agradar a Dios. Para vosotros, también hay lugar a los pies de Jesús.

Seguid trayendo vuestro perfume de alabastro, vuestro tiempo, vuestros dones, vuestra energía, vuestros compromisos, vuestros pensamientos. Puede que hoy no necesitéis traer lágrimas, pero seguro que hay algo más que podéis ofrecer.

Quizás haya otros que nunca habéis tenido un encuentro real con Jesús. Y tal vez hoy es el día de interrumpir la comida, de dejar a un lado lo que nos distrae y poner los pies en tierra firme, a los pies del maestro. No hay mejor momento que hoy para hacerlo.

Y puede que haya otros que conocéis a Jesús, que sabéis cómo es y cómo os ama, pero que lleváis una mochila tan llena de piedras que hace mucho que no veis el cielo. Si ese es tu caso, quiero que sepas que

El orden que debes seguir no es arreglar tu vida primero para luego acercarte a Jesús, sino acercarte a Jesús para que Él ponga orden en tu vida.

 No importa lo que huela tu perfume, lo que importa es la humildad de tu corazón.

Para todos, la pregunta que surge es: ¿corresponde nuestro amor a Dios con el perdón que él nos ha dado?. ¿Somos conscientes de lo mucho que nos ha perdonado? Porque, a veces, nos perdemos en la teoría de la gracia y olvidamos que es una realidad que debemos experimentar en nuestras propias vidas. A mí, personalmente, Dios tuvo que llevarme a ese lugar donde experimenté la necesidad de su gracia y entendí realmente lo mucho que me había perdonado

Por eso, hoy os invito a que vayamos, una vez más, o por primera vez, a los pies de Jesús. Él nos mira de forma diferente al mundo. Él nos mira con una mirada de amor mucho más grande que la que tenemos nosotros mismos cuando nos miramos al espejo. Él nos mira como un padre mira a sus hijos.

Y si hoy es el día en que decides entregarte a él, hazlo con las palabras que salgan de tu corazón, de la forma que te resulte más auténtica y sincera. Y aceptando, que tu pecado es real, y que eres incapaz de agradar a Dios por tus propias obras, si no es por medio de su hijo.

Dejemos que el amor de Dios sea el perfume que impregne nuestras vidas, el perfume que demos a Jesús en agradecimiento por su sacrificio en la cruz.