Que vivimos en un mundo de injusticias es una realidad irrefutable. Basta con leer los periódicos o ver las noticias para darse cuenta, en tan solo cinco minutos, de lo podrido que está nuestro planeta y, sobre todo, los seres humanos que lo habitamos. Son tantas las situaciones de injusticia que se producen cada día que nuestra conciencia corre el riesgo de cauterizarse, por mera supervivencia a veces y por pura Indiferencia otras.
Nos hemos acostumbrado a datos alarmantes de violencia machista, de explotación sexual, de abusos contra la infancia, de crímenes de guerra y de otras tantas atrocidades, y llegamos a alegrarnos cuando estas estadísticas no suben demasiado de un año para otro. Como si un pequeño aumento fuera aceptable, visto lo visto, como aceptamos una pequeña subida de la inflación interanual, siempre que no nos duela demasiado en el bolsillo.
Nuestras sociedades occidentales han ideado mecanismos de aislamiento que nos permiten vivir nuestro día a día ajenos al dolor del prójimo, aunque a veces solo nos separen unos metros de un hogar en el que se produce un maltrato, de una fábrica en la que se explota a un trabajador, de un club de alterne en el que trabajan mujeres esclavizadas o de un parque en el que un niño juega a medio metro de una jeringuilla. Siempre nos quedará Netflix, la Champions o Eurovisión para ahogar las penas y cerrarle la puerta, aunque sea unos minutos, a la injusticia que quebranta el mundo en el que vivimos.
Es cierto que hay personas u organismos más responsables que otros. Un ciudadano de a pie nunca tendrá la misma posibilidad de transformación de la realidad que la que tiene un gobierno nacional, desde luego. Pero en ocasiones esto supone una excusa perfecta para la desactivación de nuestro sensor de injusticia y de nuestros mecanismos de ayuda y corresponsabilidad. Siempre habrá alguien a quien echar la culpa de lo malo que ocurre, siempre habrá otro que debiera haberlo hecho antes y mejor. Y mientras queden políticos, banqueros, ONG´s y empresarios que culpar, tendremos un margen para la inactividad, que no es sino pasividad egoísta.
Como seres humanos, somos corresponsables de lo que ocurre a nuestros iguales, como lo somos de lo que le ocurre al mundo en el que vivimos.
El Salmo 82:3-4 no deja lugar a dudas de lo que se espera de nosotros:
Defended al débil y al huérfano;
Haced justicia al afligido y al menesteroso.
Librad al afligido y al necesitado;
Libradlo de mano de los impíos.El Salmo 82:3-4
El mismo Jesús quiso valorar a aquellas personas que no callan ante las injusticias, que no se conforman con lo que ven a su alrededor:
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados” (Mateo 5:6)
¿Y cuál es nuestra parte de responsabilidad? ¿Cómo debemos conducirnos para dejar una huella en este mundo roto? La máxima bíblica es clara: tratemos a los demás como quisiéramos ser tratados nosotros
Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.
(Mateo 7:12).
Los cientos de normas y preceptos de la Ley se resumen en una vida que se rige por una ética que pone el centro en el prójimo, no en el ombligo propio. De hecho, amaremos mal si nos amamos más que al resto, si nuestro nivel de exigencia ética es más alto para lo que queremos recibir que para lo que estamos dispuestos a dar.
Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mateo 22:39)
La iglesia es el cuerpo de Cristo, es el testigo de Jesús en este mundo roto. Los cristianos estamos llamados a ser agentes de reconciliación (2ª Corintios 5:18), porque nosotros mismos hemos sido reconciliados con Dios. Sabemos que la raíz del mal está en la distancia que este mundo ha puesto con Dios. No tenemos dudas de que el plan del Creador era otro. Este mundo necesita a aquél que puede traer la justicia verdadera. Y a este Dios predicamos con nuestras palabras y con nuestras manos, porque no queremos dar la espalda al sufrimiento y a la injusticia, porque no queremos renunciar a nuestro compromiso con la justicia y la verdad.
De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.
(2ª Corintios 5:17-20)
Sin embargo, sabemos que el Reino de Dios, justo por naturaleza, se establecerá solo cuando Jesucristo, el juez supremo, vuelva definitivamente.
“Pero, según Su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia” (2 Pedro 3:13)
Esperamos a ese día, pero no dejamos de trabajar por aquellos que sufren. Y levantaremos nuestra voz para denunciar la injusticia y para afirmar la dignidad del ser humano, en tanto que creación de Dios.
Daniel Bores García
Anciano del Consejo de la Iglesia Evangélica Cristo Vive
